El debate sobre agua del grifo y la hostelería

Entre los innumerables debates absurdos e irracionales entre el mundo ecologista y la Sociedad – distinción obligada – sin duda el del agua del grifo es uno de los que ocupa (si no el que más) páginas y páginas de prensa, encendidas polémicas y larguísimas líneas de tiempo twitteras. Para que no se me acuse de estar escorado hacia ninguna de las partes, aclararé que yo, como una gran parte de los consumidores,  bebo tanto agua del grifo como embotellada. Una vez más depende de la ocasión y el lugar de los que estemos hablando.

Dos aspectos para centrar la discusión.

  1. ¿Es bueno o malo beber agua del grifo? En España el agua del grifo cumple prácticamente en todo el territorio nacional todos los requisitos sanitarios. Es decir es salobre, lo que ni necesariamente indica que sepa bien, ni tampoco indica que, para según que consumidor, sea la mejor.
  2. ¿Es bueno o malo beber agua embotellada? El agua embotellada, que no es una, sino muchos tipos distintos, también cumple todas las exigencias sanitarias; eso tampoco indica que qualquiera de ellas sea la mejor para según qué consumidor. A cambio, es más regular de sabor y puede ser, por ejemplo, con gas o con sabores, lo que de momento no es el agua del grifo.

Como diferencias, además, cualquier consumidor de  agua embotellada puede conocer fácilmente su composición con precisión. El agua del grifo es mucho más barata, y el agua embotellada se puede transportar con total asepsia y garantía de mantener todas sus propiedades, lo que no siempre es posible con el agua del grifo. Como aportación al debate y ocurrencia adicional reciente, por ejemplo, la Universidad de Alicante acaba de reivindicar el tradicional botijo. Salvo la anécdota, hay que insistir en que salvo en ocasiones específicas nadie debería decir que una u otra son mejores.

Entrando ya en la controversia sobre consumo de agua del grifo en la hostelería, se podrían poner innumerables ejemplos y de hecho así se ha visto  en los medios, de lugares o países donde culturalmente la opción de incluirla o no, de que sea o no obligatorio, se podría justificar igualmente.

Pero para entrar en el debate sobre la hostelería, hay que  ver los aspectos económicos.

En primer lugar, no se debe ignorar que un establecimiento de hostelería es un negocio; sí, algo que muchos ignoran. No es un servicio público que presta el estado a sus ciudadanos pagado con sus impuestos, sino una apuesta empresarial donde alguien se juega su dinero, y teniendo en cuenta todos los requisitos de seguridad alimentaria que hay que cumplir para dar de comer y beber a la gente, muchísimo dinero, más que , por ejemplo, abrir un outlet de camisetas donde sólo hay que alquilar un local y poner unas perchas o estanterías.

Esos requisitos implican que el coste por metro cuadrado pueda multiplicar por un factor elevado el de cualquier otro negocio, y como es lógico que el inversor pretenda recuperar la inversión. Por ello, obligar al establecimiento a dar cualquier cosa gratis no tiene que ver con el coste de lo que se da, sino con el coste del servicio.

¿Qué hacer? Seguro que no les va a gustar nada, pero  los establecimientos podrían cobrar entrada con consumición, como antes se hacía en los bailes. Una vez dentro usted decide en qué se gasta el importe. Si decide no tomar nada, también puede ocupar una mesa, y consumir esa entrada en tiempo de uso o de descanso. Así todos contentos.

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