Debate científico ¿una vez más, sin ciencia? Ánimo, Mulet

Por enésima vez asistimos a una historia truculenta con base pseudocientífica -en esta ocasión ha ocurrido en Argentina, pero no hablamos del país sino de las personas que lo han organizado – por los promotores de una campaña en contra de las intervenciones de José Miguel Mulet, bioquímico español y conocido divulgador científico que en los últimos meses ha publicado dos interesantes libros “Medicina sin engaños” y “Comer sin miedo” en los que aborda con rigor la interminable cantidad de mentiras y mitos que hay alrededor de la salud y la alimentación, respectivamente. Antes de seguir quiero enviar mi apoyo a la labor que con tanto acierto está desarrollando a (por ahora) ambos lados del atlántico.

Más allá de los hechos concretos, que esta vez, al parecer, han incorporado como novedad amenazas de muerte, vuelve a manifestarse el estilo con el que personas y organizaciones han hecho de la alarma y el catastrofismo gratuíto su modo de vida. Aquí lamentablemente también coexistimos con unos cuantos ejemplares.

En estos ataques a J.M. Mulet, como no podía ser menos, volvieron a salir toda una serie de coletillas, cuando los organizadores de los escraches y amenazas trataron de explicarse en una carta abierta. Como él con muy buen criterio no los va  a contestar, me he permitido este modesto recordatorio de lo que el colectivo descerebrado considera ciencia.

Por una parte, hay que intentar alarmar lo más posible a la población, bajo la excusa de una serie de peligros, generalmente imaginarios, y con frecuencia asociados a la denostada industria química, que no es otra que la que convierte sustancias de distinta procedencia, natural o sintética, en sustancias con una composición y propiedades, definidas y controladas que en general son de utilidad para la humanidad. Muy sencillo y lógico, ya que nadie se arriesgaría a poner en juego su ingenio y su dinero para desarrollar sustancias inútiles. Pero eso no cuenta. Según estos nuevos apóstoles, el fin de la industria no sería otro que acelerar la natural desaparición de la humanidad que tendrá lugar, esperemos, en un momento muy lejano.

Por otra, hay que exhibir como verdades científicas una serie de publicaciones, artículos de prensa, charlas en ambientes favorables, tertulias, etc. Nunca se cita a los científicos o instituciones relevantes en la materia de que se trate, a las autoridades internacionales de seguridad alimentaria o agencias del medicamento, ni por supuesto a las revistas internacionales de prestigio, que es el lugar natural donde se publican los resultados de todo tipo de investigaciones, previo examen de otros expertos del área.

En el mundo científico, estos revisores o referees, formulan objeciones, interpelan a los autores y piden aclaraciones fundamentadas antes de aceptar una publicación con el fin de que, hasta donde se puede llegar, quede constancia de que el trabajo que se pretende publicar se ha desarrollado teniendo en cuenta el conocimiento científico anterior, y, a ser posible, que los resultados de las investigaciones o experimentos se explican con la claridad suficiente para que otros grupos de investigación puedan verificar la exactitud o precisión de los resultados replicándolos en sus propios laboratorios. Así se hace la ciencia, pero los nuevos apóstoles no están interesados en el método científico. ¿Para qué acudir a las complicadas revistas internacionales cuando el tema – es decir, el peligro- es de sobra conocido?

De nuevo aparecen, como hemos citado en otras ocasiones, conceptos como el principio de precaución. Es una de las coletillas favoritas: prohibamos algo por si fuera peligroso, a no ser que podamos demostrar que no lo es. Pero eso no es posible. No podemos demostrar que el agua que bebemos no tiene arsénico. Podemos comprobar que tiene menos que el que detecta nuestro instrumento más preciso, y que para ese nivel no se ha demostrado ningún efecto nocivo, pero nada más. Es algo complicado de entender, sobre todo para los que no quieren entrar en el rigor del debate científico sino imponer sus creencias.

En fin, sólo nos queda esperar la próxima ocurrencia de los enemigos del rigor y el conocimiento científico. Seguro que ya la están preparando, pero con un poco de suerte esperemos que no venga esta vez con amenazas de muerte. ¡Ánimo, Mulet!


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