Bisfenol A: de repente, se hizo el silencio.

Hace pocos días EFSA, la autoridad europea de seguridad alimentaria, ha dado a conocer su informe  definitivo sobre Bisfenol A (BPA). Se trata de uno de los dictámenes científicos – scientific opinion en el lenguaje oficial de la institución- más esperados de los últimos años sobre uno de los temas más controvertidos en el ámbito de la seguridad alimentaria.

Pero después de su difusión se ha hecho el silencio. Una vez más se cumple el  “no news, good news”. La razón parece bastante clara si uno lee la conclusión que encabeza el dictamen: BPA no supone ningún riesgo para la salud de los consumidores de ningún grupo de edad (incluyendo los aún no nacidos, niños o adolescentes) a los niveles actuales de exposición (1). Después de ochenta y cinco años de debate, de una campaña feroz en contra de este precursor de algunos de los plásticos más comunes como policarbonatos o resinas epoxis utilzados prácticamente en todos los campos de actividad, por parte de una gran parte de los medios de comunicación, organizaciones ecologistas, grupos pseudocientíficos de diverso pelaje, vendedores de remedios milagrosos que lo mismo ofrecen cortinas para protegerse de las radiaciones de los teléfonos móviles, que promocionan la prohibición del wifi en las escuelas o abogan por la eliminación del famoso BPA, y expertos en la materia cuya labor científica se ha divulgado más en platós y convenciones verdes que en congresos de toxicología, resulta que el producto es seguro. Pero eso ya lo sabíamos. En realidad la humanidad siempre ha sabido, aunque de modo explícito la afirmación se atribuye al médico suizo Paracelso en el siglo XVI, que todas las sustancias son veneno, y que es la dosis la que las convierte en veneno.

Si la conclusión de esta historia hubiera sido la contraria, la mayor parte de los medios de comunicación traería grandes espacios dedicados al asunto. Los “expertos” estarían por los rincones impartiendo doctrina basada no en la ciencia sino en el “ya decía yo”, los medios ecologistas y agencias verdes no dejarían de clamar por la inmediata desaparición de todo lo que llevara BPA  (aproximadamente el 10% de los productos de consumo está relacionado de una u otra forma con esta sustancia).

Pero quedan secuelas, no de salud, sino económicas. Francia ha suspendido la comercialización del producto precisamente desde principio de este año desoyendo a las dos principles agencias de salud que hay en el mundo, EFSA y FDA, que llevan años revisando toda la literatura científica que se ha producido sobre el tema. Las fábricas francesas han tenido que sustituir los recubrimientos basados en BPA por otro tipo de sustancias cuya idoneidad no está garantizada, violando sus propias especificaciones que supeditaban la prohibición o, dicho de modo más fino, la suspensión del empleo, precisamente a certificar la idoneidad de las sustancias alternativas. Los consumidores franceses están ahora menos protegidos, los nuevos recubrimientos no están suficientemente probados, los productos envasados duran menos, algunos productos ni siquiera se pueden envasar con los nuevos recubrimientos, algunas compañías han dejado de exportar a Francia ante la necesidad de utilizar nuevas sustancias que no garantizan la duración, y la agencia francesa ANSES ha reconocido que “no utiliza los mismos métodos” para analizar los riesgos del producto. No será porque no se les ha advertido: nunca una sustancia ha sido tan estudiada para buscar unos peligros que no se han conseguido encontrar.

Lamentablemente, volvemos una vez más a conceptos pseudocientífcos: para algunos habría que demostrar que una sustancia no es peligrosa para no prohibirla, en lugar de identificar un riesgo ligado a una concentración para limitar su empleo. El mundo al revés. Hace unos días leí otra barbaridad, y espero que el que decía eso no de clase de religión, porque va a poner en riesgo la fe de sus alumnos: Dios existe porque no se puede demostrar científicamente que no existe.  Es como si dijésemos que hay vida en otros planetas o galaxias porque no se puede demostrar que no la haya. Yo creo que es perfectamente posible que haya vida en otros lugares, como es cierto también que posiblemente la humanidad no llegue a comprobarlo antes de desaparecer por completo de la faz de la tierra.

Sin duda los próximos meses vamos a asistir a cuestiones interesantes sobre la controversia del BPA, pero aunque se resuelva definitivamente no se preocupe, amigo lector, cualquier otra cuestión pseudocientífica se volverá a manifestar de la misma forma en un futuro no muy lejano.

(1) http://bit.ly/1urxtWS

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