La necesaria rebelión de la comunidad científica ante el avance de la pseudociencia

La pseudociencia, una amenaza para Europa

En esa modesta contribución pretendo hacer una llamada de atención clara y directa a los científicos sobre el peligro que está suponiendo actualmente el descontrolado avance de conceptos pseudocientíficos en todos los ámbitos de la Sociedad y muy especialmente en los relacionados con la salud. Sin más dilación, me gustaría leerles un fragmento de un documento:

El marco legal que se está elaborando se basa en una ignorancia prácticamente total de los bien conocidos y establecidos principios de la toxicología y farmacología, de los dictámenes difundidos por los expertos de la propia autoridad competente de la CE – la autoridad europea de seguridad alimentaria (EFSA) – los escritos razonados de carácter crítico enviados por los propios países miembro, y sin escuchar a los comités de expertos científicos de la Comisión Europea.

A la vista de una afirmación tan contundente, el lector no familiarizado con el tema podría deducir que se trata de frenar algún intento de poner barreras al comercio con una excusa sanitaria, pero esta frase pertenece a un editorial conjunto de la práctica totalidad de las revistas internacionales de toxicología [1], al que sigue una carta dirigida a Anne Glover, asesora científica principal del presidente de la CE, firmada por setenta y cinco de los más relevantes científicos de todo el mundo del ámbito de la toxicología. En él se alerta de la deriva que la Comisión Europea ha iniciado al abordar la reglamentación basada en que se puede dar por buena, sin verificar mediante el método científico, y de modo indiscriminado, la posible peligrosidad de sustancias conocidas como disruptores endocrinos. Sustancias que pueden tener o no efectos sobre el sistema endocrino, efectos que a su vez pueden o no ser perjudiciales, y que en cada caso hay que estudiar y verificar mediante el método científico conocido como análisis de riesgo. La OMS [2] tiene una extensa revisión sobre disruptores endocrinos.

Esta controversia tiene implicaciones en la sociedad, y enlaza con la tendencia de atribuir efectos nocivos a productos que se consumen hoy en día, bajo un paraguas mucho más amplio y variopinto denominado salud ambiental [3]. Aquí podemos encontrar fobias de moda, como la Quimiofobia o Antenofobia, y quizá una de las más peligrosas, por la virulencia con que ha entrado en el debate de la mano de las organizaciones ambientales más combativas, que me atrevo a bautizar con el nombre de Plasticofobia.

El traído y llevado principio de precaución

En el editorial citado se manejan dos conceptos clave: el principio de precaución y los efectos de bajas dosis. El principio de precaución respalda la adopción de medidas protectoras de la población antes de contar con una prueba científica completa de un riesgo [4]. En los estados modernos, la mayor parte de estas medidas están justificadas; son temporales y de la mínima duración posible; por ejemplo la restricción de la importación de un producto sobre el que haya dudas razonables de que pueda causar determinados daños. Hay que insistir en que haya dudas, no evidencia contrastada, en cuyo caso el principio no tiene sentido. La reciente crisis del pepino español en Alemania es un ejemplo de cómo no debe aplicarse el principio de precaución.

Cuando la sociedad acepta que pueden tomarse medidas restrictivas en ausencia de evidencia científica, uno de los leit motiv de los ecologistas, se empieza a caer en la opción del retraso y la inacción, frente al concepto abierto de futuro y de análisis de riesgo, como describe acertadamente Giddens en una de sus obras más recientes [5]

El efecto de bajas dosis es difícil de entender por un científico: admite que una sustancia de la que no haya constancia de que produzca efecto alguno por debajo de un umbral de concentración (por ejemplo el NOAEL –no adverse effect limit) sí lo pueda producir para valores muy por debajo de esos mismos límites. Un ejemplo: una substancia X que tiene un NOAEL de 5 mg de ingesta diaria por kg de peso corporal (parámetro de uso habitual en el ámbito de la seguridad alimentaria) no garantizaría que no hubiera efectos para, por ejemplo, niveles de NOAEL de 50 microgramos.

Esto choca frontalmente con el concepto intuitivo, atribuido a Paracelso (fig1) considerado el padre de la toxicología moderna: todas las sustancias son veneno: la dosis es lo que las convierte en veneno. El peligro que se crea es que, con ese planteamiento, se podría prohibir sin fundamento el uso de cualquier sustancia; de esta cuestión trata el editorial y la carta de los toxicólogos que me ha servido para arrancar estas líneas.

El concepto de bajas dosis, bien visto, es comparable a lo que ocurre en un campo donde la pseudociencia se ha abierto camino, al parecer de modo imparable: la homeopatía, basada en la suposición de que una sustancia diluída prácticamente hasta el infinito –es decir hasta que no queda una cantidad detectable de la sustancia original- no sólo pueda tener efecto curativo más allá del bien conocido efecto placebo, sino que ese efecto se deba a la conocida “memoria del agua” según la cual el agua recordaría la sustancia con la que ha estado en contacto. A pesar de la ausencia de evidencia curativa de los productos homeopáticos[6], hasta un 30% de la población española afirma utilizarlos. Siguiendo esta estela, y confundiendo a la población, se mueve y progresa una multiplicidad de terapias alternativas y medicinas complementarias cuya enumeración sería interminable.

El medio ambiente y la salud

Todo lo que nos rodea: la atmósfera que respiramos, el agua y los alimentos, tiene efectos sobre la salud. Pero muchos de los conceptos que se presentan como salud ambiental están basados en la pseudociencia. Lo que pretende hacer pasar por científico lo que está basado en la percepción y las emociones, y muy especialmente si la base es ideológica, suele caer más bien del lado pseudocientífico. Esto responde, con frecuencia, a motivaciones económicas.

Mantenernos vivos suele ser nuestra principal preocupación, por lo que es lógico que haya infinidad de negocios alrededor de la salud. Muchas oportunidades de negocio se basan en la credulidad de la gente, pero en este terreno es muy difícil moverse, por la trama que se ha creado alrededor del concepto salud. Algunos colegas llaman a esta credulidad sobre los métodos pseudocientíficos aplicados a la salud el amimevabien-ismo, la idea de que un determinado producto, principio o método va bien para alguna determinada aplicación o dolencia sin el menor sentido crítico en su análisis. Si sólo fuera eso no habría problema, ya que en general se trata de tratamientos o sustancias sin efecto alguno, pero cuando se mezcla el lucro se crean verdaderos riesgos incluso para la vida, si la credulidad sobre tratamientos pseudocientíficos lleva a abandonar tratamientos con base científica, como el tristemente famoso caso del bio bac que abrazaron enfermos de cáncer abandonando los tratamientos normales. Por eso es necesario pedir a la comunidad científica que se implique más a fondo en el debate de la pseudociencia.

Con una raíz parecida se produce la atribución sin fundamento de propiedades perniciosas a determinadas sustancias, lo lleva al uso de alegaciones “libre de” en el intento de confundir a los consumidores con posicionamientos pseudocientíficos.

En sí misma, “libre de” es una alegación engañosa, ya que se suele emplear en relación con sustancias o componentes que, o bien no están autorizados, por lo que la alegación es simplemente irrelevante (por ejemplo libre de CFCs, cuando los CFCs están prohibidos hace más de treinta años) o bien sobre sustancias autorizadas para la aplicación en cuestión, y por lo tanto sobre las que no existe evidencia de que su uso pueda acarrear algún riesgo. Una alegación no se debe utilizar como herramienta de marketing para intentar conseguir una ventaja competitiva, (productos sin gluten para los celíacos, por ejemplo) ya que parte de la población, por el hecho de que un producto se publicite como “exento de” encuentra el producto más atractivo.

Basar las virtudes de un producto en que no contiene un determinado ingrediente es un reconocimiento de debilidad, una especie de excusa para justificar por qué el producto tiene, por ejemplo, características peores que otro, autorizado, de resistencia, duración o cualquier otra característica. Un vistazo a cualquier documento oficial (por ejemplo las reglas de la FTC de Estados Unidos[7], que incluyen numerosos ejemplos prácticos) rápidamente pone en evidencia las prácticas diarias de publicidad engañosa basadas en alegaciones ambientales, que se podría trasladar a las alegaciones de salud frecuentemente entremezcladas con las anteriores.

Plasticofobia: viejos y nuevos enemigos

Me gustaría recordar una batalla ejemplificadora: la lucha contra el PVC hace unos veinte años, en la que la realidad ha desmentido la práctica totalidad de los argumentos de algunas organizaciones ambientales [8]. La campaña contra el PVC fue sin duda la más dura que los ecologistas han desarrollado contra un material de uso doméstico, y se produjo en un momento clave en el desarrollo de los envases de un sólo uso, otro de los mantras de los verdes para atacar al mundo civilizado. Bebiendo agua de una botella de PVC prácticamente estábamos firmando nuestra sentencia de muerte. En esos años se estaba desarrollando un nuevo material, el PET, que por razones comerciales e industriales fue sustituyendo gradualmente al PVC para aquella aplicación, con lo que la industria dejó de estar sometida a esos ataques, y los verdes se atribuyeron el éxito de la sustitución. Pero la realidad es que el PVC sigue siendo un material seguro, del que se producen en el mundo unos 30 millones de toneladas al año, de uso común en innumerables ramas de la industria, construcción, mobiliario, etc, con aplicaciones en medicina y alimentación tales como bandejas para productos frescos y láminas protectoras para carne u otros productos envasados, y organizaciones como Greenpeace, que suelen apostar por batallas mediáticas de mayor alcance para su supervivencia han dejado este tema apartado para que organizaciones menores se fogueen en su lucha contra el desarrollo reclamando productos “Libres de PVC” – por cierto , si el lector precisa en algún momento una transfusión, es probable que la sangre que le administren venga en una bolsa de PVC-.

La batalla, casi en los mismos términos, se ha trasladado a atacar al BPA. El bisfenol A es un componente de muchos plásticos, entre ellos los policarbonatos y las resinas epoxi. Los policarbonatos son posiblemente los plásticos más resistentes que se fabrican y las resinas epoxi se utilizan entre muchísimas aplicaciones para lacas protectoras en envases metálicos que están en contacto con alimentos y bebidas: son sustancias experimentadas, que se emplean en el medio billón ( 500000 millones) de latas de todo tipo que se consumen al año en el mundo, y que según algunas organizaciones – no digo el color, ya lo saben- nos estarían matando. Los tickets de venta comunes en todo tipo de establecimientos completarían la faena mortal de los otros productos al envenenarnos lentamente a través del contacto con la piel. Pero aún hay más: se han prohibido por precaución los biberones de policarbonato en que interviene el BPA, nuevamente sin llevar a cabo un análisis de riesgo científico. Esta obsesión por convencernos de que estamos siendo envenenados lentamente choca frontalmente con la incuestionable mejora general de la salud general de la población, que se puede medir de muchas maneras, aunque el mayor consenso científico, como indica el catedrático emérito de sociología de la UCM Benjamín García “la esperanza de vida sigue siendo, sin duda, uno de los indicadores que, de forma sintética, mejor describen la salud global de la población” se encuentra sin duda en la constatación de la mejora generalizada de la esperanza de vida al nacer. En España era de algo menos de cuarenta años a principio del siglo XX, y las medidas más recientes lo situaban en 2011 en casi 85 años para las mujeres y unos cinco años menos para los hombres [9].

¿Por qué serían tan peligrosos estos productos? me temo que tengo que volver al principio: resulta que serían disruptores endocrinos, lo que nos lleva de nuevo a la famosa carta de los editores de las revistas de toxicología. Para ir terminando me gustaría revisar brevemente cómo está la situación: hay dos grandes entidades mundiales que se ocupan de la seguridad alimentaria de los consumidores: EFSA y FDA [10] que a su vez tienen equivalentes nacionales en todos los países desarrollados. Su equivalente en España es AECOSAN [11]. Su labor es en todos los casos admirable y está basada, afortunadamente, en el conocimiento cientifico y la publicidad de sus actuaciones e informes.

Bajo la presión de los políticos, preocupados por lo que sale en prensa o, dicho de otra manera, por la “presión social” estas agencias han sido obligadas a estudiar el BPA en los últimos años, y cada dos o tres tienen que emitir una “opinión científica”. Francia incluso han aprobado una legislación para “eliminar el BPA” que, según va pasando el tiempo, se va convirtiendo en papel mojado por la evidencia de que no hay razón científica detrás de esa medida, y para sonrojo de los técnicos, la propia agencia francesa, equivalente a las que hemos mencionado, (ANSES), ha tenido que emitir un larguísimo informe con la esperanza de que nadie lo lea, que permita a las autoridades que la han impulsado a decir que se basan en informes científicos. Verdaderamente un papelón sin precedentes para los científicos implicados. En el momento de enviar esta artículo, EFSA se encuentra inmersa en un proceso de revisión y consulta de su enésima opinión científica sobre BPA[12], como si hubiera que revisar ad infinitum hasta que alguien consiga encontrar la prueba del delito.

Los motivos económicos, y la necesidad de volver a la senda de la ciencia

¿Por qué hemos tenido que terminar como al principio?: porque detrás de esta prohibición -que probablemente no se podrá llegar a materializar, como en los juicios-por falta de pruebas, están organizaciones pseudocientíficas: en este caso concreto una organización francesa y su equivalente español, una supuesta fundación que sin soporte científico pertenece a un curioso entramado de empresas pseudocientíficas, que también pretende la prohibición del wi-fi en las escuelas, vende artilugios para protegerse de las inexistentes radiaciones de las antenas de telefonía móvil – la citada Antenofobia- y ayuda a los que experimentan la conocida sensibilidad electromagnética, da cursos de alimentación natural y practica una curiosa medicina integrativa.

Nombres exóticos que se agrupan bajo el paraguas de sociedades limitadas que se crean y se disuelven, cuya actividad declarada es la importación y venta de aparatos de todo tipo, con conexiones con editoriales entre cuyos posicionamientos está la defensa – sí, a estas alturas- del tristemente famoso Bio Bac.

La única manera de frenar el avance descontrolado y destructivo de la pseudociencia es que la comunidad científica se tome en serio considerarla como el verdadero peligro que supone para la Sociedad, y actúe en todas las ocasiones en que sea posible para atajar su avance.

No sirve la simple ignorancia y el desprecio como si fueran inofensivas.

Los científicos deben destinar tiempo y esfuerzo a esta tarea. No se si les habré convencido.

Referencias

[1] Scientifically unfounded precaution drives European Commission’s recommendations on EDC regulation, while defying common sense, well-established science and risk assessment principles. Toxicology in Vitro 27 (2013) 2110–2114

[2] Global assessment of the state-of-the-science of endocrine disruptors. Informe WHO/PCS/EDC/02.2, 2002

[3] Daniel Goleman. Inteligencia Ecológica. Editorial Kairós, 2009 Cap.11: La Sopa Química

[4] Comunicación de la comisión COM(2000) 1 sobre el recurso al principio de precaución.

[5] A.Giddens, Turbulent and mighty continent, cap 5: Climate change and energy. Polity press, Cambridge 2014.

[6] V.J. Sanz. La Homeopatía: vaya timo., ed Laetoli (Madrid 2010)

[7] Guides for the Use of Environmental Marketing Claims. Federal Register, Vol. 77 No. 197 October 11, 2012

[8] Greenpeace: PVC: The Poison Plastic (2003)

[9] B. García. Informe España v2.0, Universidad Complutense de Madrid.2011

[10] EFSA es European Food Safety Authority (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) y FDA es Food and Drug Administration de Estados Unidos

[11] AECOSAN es Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición

[12] EFSA. Public consultation on the draft opinion on bisphenol A (BPA) – Assessment of human health risks. Marzo 2014   http://www.efsa.europa.eu/en/consultationsclosed/call/140117.pdf

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