A vueltas con el etiquetado verde (una vez más)

Mal empezamos. La Comisión Europea cree que en un plazo razonable podríamos estar en condiciones de poner una etiqueta para definir qué productos son o no son “verdes”. Por otra parte no ha sido capaz de definir qué condiciones tiene que cumplir un producto para ser considerado “verde”. Para ser más correctos, pretende dar pasos hacia la creación del mercado único de los productos ecológicos, tipo de productos que no ha sido capaz tampoco de definir, dejándolo en un ambiguo equivalente de “productos eficientes con los recursos”.

En esa línea, la CE entiende que uno de los caminos es recurrir al análisis del ciclo de vida de producto (ACV). Como muchos sabrán, la metodología del análisis de ciclo de vida es una poderosa herramienta para conocer el balance de recursos y energía de un producto cuando se conocen bien a fondo sus procesos de producción, y sobre todo es una herramienta muy potente para comparar, para un determinado producto o servicio, distintas rutas de fabricación o uso y elegir, en igualdad del resto de condiciones, la más eficaz en el uso de los recursos y la energía.

La mayor limitación de esta metodología estriba en el establecimiento de las condiciones de contorno. Dicho de otra manera, podremos medir con bastante precisión el balance desde que unas materias primas, componentes y energía entran en nuestra fábrica hasta que salen los productos, residuos y emisiones, pero si pretendemos ir más allá empezamos a tenerlo crudo. Incluso para un mismo producto pero fabricado en dos fábricas distintas, como es el caso frecuente de que una misma compañía fabrique en dos países alejados, las comparaciones se empiezan a complicar. Por ejemplo, la energía en un país puede ser de origen térmico y en otro de origen hidráulico, y el ACV del producto, aunque el resto de variables sea exactamente igual, nos dará un valor distinto. En ese caso, para el mismo producto de la misma compañía ¿tendríamos que ponerle una etiqueta distinta según que fuera producido, por ejemplo, en España o en Finlandia? A su vez esa etiqueta tendría que ser distinta si el producto se fabricara en España y se consumiera en Portugal, que si se fabricaren Francia y se consumiera en Turquía, y así sucesivamente.

Así que, si tenemos esta limitación cuando hablamos de un solo producto, no es difícil imaginar la dificultad que supondría comparar productos distintos de distintos fabricantes. En realidad, más que imaginarlo sólo hay que ver lo que ha ocurrido al tratar de definir un protocolo para determinar la valoración ambiental – huella ambiental de producto – nada menos que de alimentos y bebidas.

En la elección de un producto de este tipo intervienen innumerables variables, muchas de ellas además independientes del producto en cuestión. Si el lector vive solo, preferirá elegir productos de tamaño individual, donde la proporción de producto a envase será más baja que en un envase familiar, pero si elige un envase familiar basado en la relación producto-envase lo más probable es que tenga que desperdiciar parte del contenido, en cuyo caso pesará más la huella ambiental de lo no consumido que la relación producto-envase.

Así que con esta breve introducción al problema me gustaría preguntarle ¿qué producto cree usted que es más verde? ¿Qué etiqueta le parece que le pongamos?

Por eso no es de extrañar que a la iniciativa PEF (product environmental footprint) le espere un camino con unos cuantos obstáculos.

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