Indices de sostenibilidad ¿Misión imposible?

Los intentos por asignar una puntuación medioambiental a procesos y productos constituyen una aspiración legítima. No sólo eso, sino que es un campo en el que se ha avanzado notablemente desde el punto de vista científico. Hace cerca de cincuenta años, algunos de los más importantes fabricantes de productos de gran consumo en el sector de alimentación y bebidas se empezaron a preguntar si era posible medir el impacto sobre el medio ambiente de los productos que ponían en el mercado, más allá de la obvia preocupación por el tipo y calidad de los residuos generados en la producción y la mejora de las condiciones de vida de sus trabajadores. Así se comenzó a hablar del concepto de “análisis de ciclo de vida”. Por no hacerlo demasiado largo, la metodología de análisis de ciclo de vida es una ciencia desarrollada que ha contribuido mucho a la mejora de procesos y productos, y sus fundamentos y reglas elementales de aplicación están incluidas en la normalización internacional ISO con una serie de normas básicas perfectamente estructuradas.

Entonces, ¿dónde está el problema?

El problema aparece cuando se pretende utilizar una herramienta para aquéllo para lo que no está diseñada. Un interesante artículo de Paul Keegan el verano pasado titulado “El problema con la clasificación de los productos verdes” pasaba revista a algunos fracasos recientes por parte de empresas líderes mundiales en consumo al intentar establecer índices de sostenibilidad para sus productos que han acabado por etiquetarse (el intento, no el producto) como “misión imposible”.

Si se aplica correctamente la metodología de análisis de ciclo de vida, es relativamente simple y preciso comparar, para un determinado producto o proceso, distintas alternativas de obtenerlo o de llevarlo a cabo, respectivamente. La clave está en las condiciones de contorno. Para que uno pueda medir una serie limitada de variables, como en cualquier experimento científico, hay que mantener una serie de parámetros constantes. Ningún experimento puede dar como resultado un valor fiable y, de paso, reproducible, si no tiene la mayor parte de sus variables bajo control.

Entre los ejemplos citados por Keegan se encuentra el fallido índice de sostenibilidad de Wal Mart, originalmente presentado en 2010 como un índice para medir el comportamiento social y ambiental de algunos de sus productos, y que después de crear un equipo ad hoc para trabajar el tema con expertos de varias universidades, y de dotar el proyecto muy generosamente, sólo alega que en 2014 los consumidores podrán tener más información que hoy sobre la sostenibilidad de los productos que compran. El índice, como era previsible, se ha descartado.

Aún así no debemos tomarlo como un fracaso total; algunas cadenas de distribución llevan trabajando sobre índices o puntuaciones medioambientales desde hace varios años y han conseguido mejorar notablemente el comportamiento ambiental de sus productos y de sus proveedores.

La clave está en no creer que se puede puntuar el impacto ambiental de un producto del mismo modo que se ha hecho, con acierto, al etiquetar la eficiencia energética de, por ejemplo, una nevera.

De la complejidad del asunto da cuenta una frase que Keegan atribuye al responsable mundial de sostenibilidad de P&G, Len Sauers: Para dar una puntuación de sostenibilidad hay que tener en cuenta tantos factores y variables,  que es dudoso que se pueda llegar a asignar un número suficientemente preciso para que el consumidor pueda tomar decisiones fundamentadas.

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