Debate científico ¿una vez más, sin ciencia? Ánimo, Mulet

Por enésima vez asistimos a una historia truculenta con base pseudocientífica -en esta ocasión ha ocurrido en Argentina, pero no hablamos del país sino de las personas que lo han organizado – por los promotores de una campaña en contra de las intervenciones de José Miguel Mulet, bioquímico español y conocido divulgador científico que en los últimos meses ha publicado dos interesantes libros “Medicina sin engaños” y “Comer sin miedo” en los que aborda con rigor la interminable cantidad de mentiras y mitos que hay alrededor de la salud y la alimentación, respectivamente. Antes de seguir quiero enviar mi apoyo a la labor que con tanto acierto está desarrollando a (por ahora) ambos lados del atlántico.

Más allá de los hechos concretos, que esta vez, al parecer, han incorporado como novedad amenazas de muerte, vuelve a manifestarse el estilo con el que personas y organizaciones han hecho de la alarma y el catastrofismo gratuíto su modo de vida. Aquí lamentablemente también coexistimos con unos cuantos ejemplares.

En estos ataques a J.M. Mulet, como no podía ser menos, volvieron a salir toda una serie de coletillas, cuando los organizadores de los escraches y amenazas trataron de explicarse en una carta abierta. Como él con muy buen criterio no los va  a contestar, me he permitido este modesto recordatorio de lo que el colectivo descerebrado considera ciencia.

Por una parte, hay que intentar alarmar lo más posible a la población, bajo la excusa de una serie de peligros, generalmente imaginarios, y con frecuencia asociados a la denostada industria química, que no es otra que la que convierte sustancias de distinta procedencia, natural o sintética, en sustancias con una composición y propiedades, definidas y controladas que en general son de utilidad para la humanidad. Muy sencillo y lógico, ya que nadie se arriesgaría a poner en juego su ingenio y su dinero para desarrollar sustancias inútiles. Pero eso no cuenta. Según estos nuevos apóstoles, el fin de la industria no sería otro que acelerar la natural desaparición de la humanidad que tendrá lugar, esperemos, en un momento muy lejano.

Por otra, hay que exhibir como verdades científicas una serie de publicaciones, artículos de prensa, charlas en ambientes favorables, tertulias, etc. Nunca se cita a los científicos o instituciones relevantes en la materia de que se trate, a las autoridades internacionales de seguridad alimentaria o agencias del medicamento, ni por supuesto a las revistas internacionales de prestigio, que es el lugar natural donde se publican los resultados de todo tipo de investigaciones, previo examen de otros expertos del área.

En el mundo científico, estos revisores o referees, formulan objeciones, interpelan a los autores y piden aclaraciones fundamentadas antes de aceptar una publicación con el fin de que, hasta donde se puede llegar, quede constancia de que el trabajo que se pretende publicar se ha desarrollado teniendo en cuenta el conocimiento científico anterior, y, a ser posible, que los resultados de las investigaciones o experimentos se explican con la claridad suficiente para que otros grupos de investigación puedan verificar la exactitud o precisión de los resultados replicándolos en sus propios laboratorios. Así se hace la ciencia, pero los nuevos apóstoles no están interesados en el método científico. ¿Para qué acudir a las complicadas revistas internacionales cuando el tema – es decir, el peligro- es de sobra conocido?

De nuevo aparecen, como hemos citado en otras ocasiones, conceptos como el principio de precaución. Es una de las coletillas favoritas: prohibamos algo por si fuera peligroso, a no ser que podamos demostrar que no lo es. Pero eso no es posible. No podemos demostrar que el agua que bebemos no tiene arsénico. Podemos comprobar que tiene menos que el que detecta nuestro instrumento más preciso, y que para ese nivel no se ha demostrado ningún efecto nocivo, pero nada más. Es algo complicado de entender, sobre todo para los que no quieren entrar en el rigor del debate científico sino imponer sus creencias.

En fin, sólo nos queda esperar la próxima ocurrencia de los enemigos del rigor y el conocimiento científico. Seguro que ya la están preparando, pero con un poco de suerte esperemos que no venga esta vez con amenazas de muerte. ¡Ánimo, Mulet!


Vienen elecciones: el SDDR ataca de nuevo

Hace pocos días, un artículo de Amigos de la Tierra en una revista del sector de la recuperación recogía conclusiones de un grupo de entidades ecologistas de Madrid, y hacía una serie de propuestas, algunas muy interesantes, sobre la necesidad de mejorar todos los ámbitos de la gestión de residuos. De los primeros párrafos destaco la necesidad, con la que no podíamos estar más de acuerdo, de rigor en el análisis de datos “se plantea la aplicación total de la responsabilidad ampliada del productor y un cálculo real y transparente de los porcentajes de puesta en el mercado, recogida y reciclaje” 

Es interesante señalar que esta frase sigue a otra en la que una vez más apuestan por el famoso sistema de depósito de envases (SDDR): “Incremento del reciclaje de envases ligeros, vidrio y papel/cartón hasta el 80%, y empleo de herramientas, como sistemas de depósito y devolución para envases de bebidas, que alcanzan porcentajes del 98%”

En Alemania, referencia de las organizaciones ecologistas, o en Noruega, de donde vienen las máquinas que nos quieren vender, el sistema de depósito recicla algo menos del 3% de los envases consumidos, y no el 98%. ¿dónde está ese rigor en los porcentajes que se reclama?

Los SDDR son a menudo el paradigma de los sistemas opacos ¿deberíamos llamarlos sddr black, como unas tarjetas de las que se viene hablando insistentemente? no sabemos cuáles son sus cuentas, cuánto ingresan, cuánto devuelven, si todo lo que reciclan pagó antes un depósito (algunos países aceptan envases que no pagaron depósito aunque no hagan devolución de dinero), en definitiva, ¿cuánto le cuesta a cada ciudadano, en céntimos por envase, que en su país haya en funcionamiento un SDDR? ¿será ésto a lo que se referían al decir “un cálculo real y transparente de los porcentajes de puesta en el mercado, recogida y reciclaje” ?.

Después de rebatir desde todos los sectores de la industria y el comercio, en todo tipo de foros, publicaciones, radio y TV, con todo tipo de datos y cifras, en su mayor parte información de carácter oficial y pública, uno por uno, todos los argumentos con los que se ha tratado de introducir el sistema SDDR en España desde hace casi cinco años, los promotores del sistema han iniciado una nueva ofensiva para su introducción. Voy a tratar de analizar esta campaña.

El motivo, obviamente, es económico. Si finalmente se monta el negocio del SDDR en España, los españoles pasaremos a pagar algunos céntimos de más en cada bebida envasada, para que nos cueste tres veces más el reciclado de envases, de los aproximadamente 500 millones de euros actuales a 1500. Sacarle esos mil millones adicionales a los consumidores sin duda merece un nuevo esfuerzo de marketing.

La necesidad de esta nueva ofensiva tiene un origen claro. El problema con el que se encontraban los promotores es que buena parte de quienes estaban al frente de organismos, institutos, incluso algunos medios de comunicación, servidores públicos, etc, ya habían analizado la cuestión, habían hecho los números y por tanto habían entendido que la propuesta era una auténtica barbaridad. Parece que la racionalidad ha tardado en llegar, decíamos, pero al final se ha impuesto el sentido común.

Si el sistema no tiene viabilidad, es lógico que la ofensiva comercial que estaba detrás de la cosa dejara de invertir en España, porque la posibilidad de retorno de esa inversión se desvanecía. La reflexión que ha llevado a volver a lanzar una nueva ofensiva, entonces, se tiene que volver a analizar a partir de la situación de confusión generalizada que se ha generado con el incierto panorama electoral que nos espera, y sobre todo en el hecho de que en muchos puestos clave, las personas que ahora los ocupan no fueron sometidos en su momento a las presiones anteriores para que aceptaran el sistema; en definitiva: como no se puede engañar a los mismos todo el tiempo, es el momento de intentar engañar a los nuevos, sean estos políticos, funcionarios, legisladores actuales o próximos, etc. un ratito, al menos hasta las próximas elecciones. De hecho, algunos ya lo han incluido en sus propuestas electorales.

Esta nueva etapa empieza de un modo bastante parecido a como lo hizo la anterior; de hecho gran parte de las cifras que se utilizaban (prácticamente todas falsas) sobre reciclado, mezclando residuos con envases y envases con envases de bebidas, se siguen empleando. Llama la atención que uno de los argumentos que se empleaban – que el sistema estaba en vigor en cuarenta países, luego matizado a paises y regiones, en este breve período en el que sólo se ha implantado en un sitio nuevo (Estonia, 1,3 millones de habitantes y presa fácil para el negocio) ha pasado a estar implantado en ochenta paises y regiones. En un post anterior* yo había rebajado los cuarenta países a poco más de siete y medio,  es decir, ahora el reto es bajar de ochenta a – como en la película de Fellini- ocho y medio.

El resto de los argumentos parece ser el mismo.

En los cinco años que llevan intentándonos convencer de que los envases no se reciclan reciclamos casi quince puntos más.

En los cinco años en que dicen que las latas no se recuperan ya hemos superado el 90% de reciclado en todos los envases de acero, el 87% en las latas de bebidas y el 84% en todos los envases metálicos.

En los cinco años que llevan diciendo que con el SDDR se va a volver a introducir el envase reutilizable para el consumo doméstico (devolver el casco como antes), en el conjunto de los países nórdicos y Alemania el envase reutilizable ha visto reducirse su cuota de mercado para el consumo doméstico en casi veinte puntos.

En fin, será interesante ver cuántos incautos pican en esta renovada ofensiva

* https://ecothinktankma.wordpress.com/2013/01/28/los-cuarenta-paises-no-llegaban-a-siete-y-medio/

Bisfenol A: de repente, se hizo el silencio.

Hace pocos días EFSA, la autoridad europea de seguridad alimentaria, ha dado a conocer su informe  definitivo sobre Bisfenol A (BPA). Se trata de uno de los dictámenes científicos – scientific opinion en el lenguaje oficial de la institución- más esperados de los últimos años sobre uno de los temas más controvertidos en el ámbito de la seguridad alimentaria.

Pero después de su difusión se ha hecho el silencio. Una vez más se cumple el  “no news, good news”. La razón parece bastante clara si uno lee la conclusión que encabeza el dictamen: BPA no supone ningún riesgo para la salud de los consumidores de ningún grupo de edad (incluyendo los aún no nacidos, niños o adolescentes) a los niveles actuales de exposición (1). Después de ochenta y cinco años de debate, de una campaña feroz en contra de este precursor de algunos de los plásticos más comunes como policarbonatos o resinas epoxis utilzados prácticamente en todos los campos de actividad, por parte de una gran parte de los medios de comunicación, organizaciones ecologistas, grupos pseudocientíficos de diverso pelaje, vendedores de remedios milagrosos que lo mismo ofrecen cortinas para protegerse de las radiaciones de los teléfonos móviles, que promocionan la prohibición del wifi en las escuelas o abogan por la eliminación del famoso BPA, y expertos en la materia cuya labor científica se ha divulgado más en platós y convenciones verdes que en congresos de toxicología, resulta que el producto es seguro. Pero eso ya lo sabíamos. En realidad la humanidad siempre ha sabido, aunque de modo explícito la afirmación se atribuye al médico suizo Paracelso en el siglo XVI, que todas las sustancias son veneno, y que es la dosis la que las convierte en veneno.

Si la conclusión de esta historia hubiera sido la contraria, la mayor parte de los medios de comunicación traería grandes espacios dedicados al asunto. Los “expertos” estarían por los rincones impartiendo doctrina basada no en la ciencia sino en el “ya decía yo”, los medios ecologistas y agencias verdes no dejarían de clamar por la inmediata desaparición de todo lo que llevara BPA  (aproximadamente el 10% de los productos de consumo está relacionado de una u otra forma con esta sustancia).

Pero quedan secuelas, no de salud, sino económicas. Francia ha suspendido la comercialización del producto precisamente desde principio de este año desoyendo a las dos principles agencias de salud que hay en el mundo, EFSA y FDA, que llevan años revisando toda la literatura científica que se ha producido sobre el tema. Las fábricas francesas han tenido que sustituir los recubrimientos basados en BPA por otro tipo de sustancias cuya idoneidad no está garantizada, violando sus propias especificaciones que supeditaban la prohibición o, dicho de modo más fino, la suspensión del empleo, precisamente a certificar la idoneidad de las sustancias alternativas. Los consumidores franceses están ahora menos protegidos, los nuevos recubrimientos no están suficientemente probados, los productos envasados duran menos, algunos productos ni siquiera se pueden envasar con los nuevos recubrimientos, algunas compañías han dejado de exportar a Francia ante la necesidad de utilizar nuevas sustancias que no garantizan la duración, y la agencia francesa ANSES ha reconocido que “no utiliza los mismos métodos” para analizar los riesgos del producto. No será porque no se les ha advertido: nunca una sustancia ha sido tan estudiada para buscar unos peligros que no se han conseguido encontrar.

Lamentablemente, volvemos una vez más a conceptos pseudocientífcos: para algunos habría que demostrar que una sustancia no es peligrosa para no prohibirla, en lugar de identificar un riesgo ligado a una concentración para limitar su empleo. El mundo al revés. Hace unos días leí otra barbaridad, y espero que el que decía eso no de clase de religión, porque va a poner en riesgo la fe de sus alumnos: Dios existe porque no se puede demostrar científicamente que no existe.  Es como si dijésemos que hay vida en otros planetas o galaxias porque no se puede demostrar que no la haya. Yo creo que es perfectamente posible que haya vida en otros lugares, como es cierto también que posiblemente la humanidad no llegue a comprobarlo antes de desaparecer por completo de la faz de la tierra.

Sin duda los próximos meses vamos a asistir a cuestiones interesantes sobre la controversia del BPA, pero aunque se resuelva definitivamente no se preocupe, amigo lector, cualquier otra cuestión pseudocientífica se volverá a manifestar de la misma forma en un futuro no muy lejano.

(1) http://bit.ly/1urxtWS

Día de inocentes adelantado: los dos principales partidos españoles se alían para abrazar la pseudociencia

Me había propuesto cerrar el tenderete de comentarista medioambiental amateur hasta el año 2015, pero una vez que he podido (no sin esfuerzo) volver a encajar la mandíbula, ya dolorida por la lectura hace tan sólo dos días de un artículo de un abogado ambientalista en La Vanguardia de Barcelona sobre el peligro -sí, una vez más, aunque parezca increíble- del wifi y las antenas de telefonía, después de lo que acabo de leer, no me queda más remedio que dedicar unas letras a comentar la inocentada que nos han dedicado por adelantado Partido Popular y PSOE al sumarse a una moción pseudocientífica en el municipio de Castronuño, Valladolid, que expresa su rechazo a las estelas de vapor de agua que dejan los aviones al surcar los cielos castellanos, estelas que el lector no sabrá que en realidad contienen peligrosísimos venenos.

El primer sentimiento es de solidaridad con los ciudadanos de esta preciosa villa de 1.000 habitantes a orillas del Duero, por tener que sufrir en sus carnes el descrédito que esta moción podría acarrear a la localidad. Que no se preocupen, que no les vamos a echar la culpa. Son cosas de los políticos, es lo que tiene.

Estas fumigaciones se unen a la infinidad de cosas que nos están matando, a pesar de que los demógrafos se obstinen en contabilizar el aumento de la esperanza de vida que se viene produciendo sistemáticamente en nuestro país desde hace más de un siglo.

Para el divulgador científico Luis Alfonso Gámez, según el periódico El Confidencial donde aparece la noticia, este tipo de iniciativas sólo demuestra que los partidos no controlan a sus delegaciones territoriales. A falta de mejores cosas de qué ocuparse es hasta lógico que se abracen teorías conspiratorias; lo original es que esta vez lo hagan en el ámbito científico.

El esquema con el que se plantea esta supuesta conspiración tiene una semejanza casi total con el repertorio -tal vez deberíamos empezar a crear un hit parade de la pseudociencia- a que nos tienen acostumbrados diversas organizaciones del ámbito más o menos directamente relacionado con la ideología ecologista.

En este ranking imaginario hay una serie de temas más o menos permanentes- algunos recordados por Gámez- como los transgénicos, los anti-vacunas, los quimiófobos en general, a los que yo uno a los plasticófobos (por cierto plasticofobia es una palabra cuya paternidad me atribuyo) o los anti-radiaciones, a su vez divididos en anti- wifi y anti -telefónicos. Si hiláramos más fino a su vez habríamos de distinguir entre los quimiófobos a los detractores de los reales o supuestos disruptores endocrinos (como ya abordé en un post de no hace mucho) antifertilizantes y otros.

De las características comunes de todos estos casos la más importante es, desafortunadamente, el desprecio a la ciencia. Los partidarios de la conspiración tienen en común el desprecio al método científico, y en lo que respecta a los posibles riesgos para la población de determinadas actividades humanas la ignorancia de que, como parte de ese método científico hay una ciencia bien desarrollada que se conoce como análisis de riesgo. Hay otros elementos comunes entre los conspiranoicos y similares como la exigencia de que se demuestre la no existencia de alguna sustancia, o la certificación de que algo no produce un daño.

En este caso concreto, la ciencia nos dice que las estelas de los aviones son básicamente vapor de agua y CO2 que se hacen visibles cuando ese vapor se condensa en forma de hielo. Bastante simple. También nos dice que son inocuas. ¿Se imaginan al comandante de un vuelo comercial recibiendo un paquetito misterioso de una agencia internacional para que lo disperse en la estela de su Airbus y así envenene a unos cuantos habitantes del campo cercano a Castronuño?

Y en general, sobre las alarmas que tratan de circular, afortunadamente cada vez con menor credulidad de la población general, se suele cumplir en primer lugar que no responden a ningún hallazgo científico, después que suelen ser especialmente graves, y sobre todo que no se puede relacionar de manera fiable la supuesta causa con el supuesto efecto.

Lo más preocupante en este caso es que los partidos políticos abracen este tipo de mociones sin dedicarle el menor tiempo a su valoración, sin consultar a sus responsables técnicos, etc. En fin, supongamos, como dijimos al principio, que sólo sea el adelanto de las inocentadas de rigor.

Noticia sorprendente: un partido político en formación aplica el sentido común en un punto de su programa.

Sin entrar en ningún tipo de valoración política, me gustaría reproducir unas líneas del debate que este fin de semana está desarrollando una nueva organización política, que después de haber incluido en su programa para las elecciones europeas un punto a favor de una “declaración de la UE territorio libre de transgénicos” ha llevado a cabo una reflexión, se ha asesorado de científicos expertos en el tema, llegando a estas conclusiones:

Actualmente los transgénicos son utilizados en alimentación, medicamentos, etc.. como pueden ser la insulina para los diabéticos.

• En este debate hay que saber separar las “malas prácticas” de las multinacionales, de los grandes e inequívocos beneficios de los OMG y transgénicos.

• Daña a la investigación básica y elimina la posibilidad de aplicar esta tecnología con fines sociales

• Es vital que la investigación científica abarque todo lo posible. No investigar en transgénicos es cómo no investigar en energías renovables, es un contrasentido del siglo XXI. Se pueden crear nuevas variedades muy respetuosas con el M. Ambiente.

y ha acordado lo siguiente:

Modificar el punto 6.3 del programa de la europeas referente a los transgénicos (“declaración de la UE territorio libre de transgénicos”) ya que daña a la investigación básica y elimina la posibilidad de aplicar esta tecnología con fines sociales

• Apoyar los consorcios público-privados dedicados a la investigación y desarrollo de transgénicos con el objetivo de romper el monopolio de las grandes empresas y de mejorar el bienestar social .

• Apoyar que el estado sea el garante de la seguridad y salud de los ciudadanos y el medio ambiente frente a la utilización de los transgénicos, tomando las adecuadas medidas. Las administraciones públicas tendrán la obligación de regular los transgénicos mediante las correspondientes propuestas legales

• Sacar a debate la regulación de la propiedad intelectual de los transgénicos

• Promover la divulgación ciudadana sobre la tecnología de los transgénicos y sus efectos sobre la salud y el medio ambiente

• La administración debe asegurarse de controlar los posibles efectos de los transgénicos sobre la biodiversidad: pérdida de biodiversidad; efecto de la introducción de nuevas especies en el medio ambiente; contaminación genética por polinización cruzada; efecto de la resistencia en forma de plagas que conllevan un mayor consumo de herbicidas; desequilibrio entre depredadores y presas.

Simplemente, sorprendente

37ºC y sin frigorífico

Así es como nos encontramos a la vuelta de vacaciones precisamente en los días más calurosos del año en Madrid. Después de un verano en el que hemos tenido la tentación de dudar del calentamiento global (uno de los veranos más frescos en según que partes del país), ha habido que montar un gabinete de crisis con soluciones más propias de una estancia en un camping remoto que en un hogar razonablemente modernizado, para afrontar esta breve canícula sin el elemento más apreciado: tenía que ser precisamente en lo peor del verano.

Por hacerlo corto diré que el problema ya está resuelto, pero como uno está cada vez más concienciado de las cuestiones ambientales, hemos optado por mirar con detenimiento la etiqueta energética y otras informaciones del nuevo producto, (sí, el antiguo, con menos de tres años, ya no estaba en garantía y no tenía reparación posible) ¿obsolescencia programada o mala suerte pura y dura?

Una vez instalado y funcionando uno de los mejores modelos del mercado – marca, modelo y calificación energética que no revelaré por aquello de la neutralidad- me he puesto a ordenar los papeles: guardar la factura, por aquello de la garantía, la llave que acompaña, por si se desnivela, tomar nota de qué hay que hacer para extender la garantía, a la vista de la experiencia, y, como hacemos habitualmente en España, lo último ha sido mirar las instrucciones.

Sin duda unas instrucciones muy bien redactadas, claras y que voy a guardar con diligencia. Una vez archivado el folleto de instrucciones, que pesa 80 gramos, sólo me faltaba un último gesto medioambiental. He llevado con la misma diligencia al contenedor azul los 480 gramos de papel que suponen los seis libros adicionales de instrucciones en idiomas tan lejanos como el finlandés o el japonés.

 

Veinte años no es nada: ante los nuevos y viejos retos medioambientales

Aprovechando que hoy va a jugar Argentina la final del campeonato del mundo de fútbol, se me ha ocurrido empezar con la letra de un tango:  volver. Veinte años después de la adopción de la directiva europea de envases y residuos de envases  (que yo prefiero llamar envases usados) será otro año de gran actividad en el ámbito medioambiental. Dentro de nada, nuevo Congreso Nacional de Medio Ambiente ¿Habrá un nuevo intento de introducir, por el procedimiento del calzador, el debate, ya superado, del SDDR?

Sin duda el reto más importante es la revisión de la directiva europea de envases citada, cuyas líneas maestras se han avanzado hace unos días. Es importante recordar que esta directiva en sus orígenes tuvo entre sus objetivos evitar que se utilizaran argumentos medioambientales para impedir el libre movimiento de mercancías en la UE.

Conceptos como economía circular, responsabilidad del productor, quien contamina paga, etc, vuelven a salir del armario, pero casi nadie ha reparado en que en estos más de veinte años no hemos sido capaces de responder a las preguntas básicas ¿quién contamina? ¿quien produce los residuos, los vertidos, etc?.

Así que, una vez más, será para unos el año del reciclado, y para otros la oportunidad de apretar algo más las tuercas a la industria y al comercio -y por tanto a los consumidores- alrededor del consumo de envases y embalajes en todos los ámbitos de la vida actual. Si volvemos la vista atrás, la mayor parte de los sectores industriales vinculados al sector productivo del envase y embalaje creemos que se ha hecho un gran trabajo en las direcciones que nos marcamos en su momento, pero muy especialmente en las que están más en manos de la industria y el comercio: reducir, recuperar y reciclar los envases que se destinan, sobre todo, al consumo doméstico.

¿Cómo medimos esa reducción y ese reciclado? El primero, básicamente por la reducción del uso de materias primas, es decir, la reducción del peso de los envases. Desde que se comenzaron a fabricar latas de bebidas en España, hace poco más de treinta años, su peso ha disminuido el 40%. No es fácil encontrar muchos productos de consumo comparables. Eso quiere decir que hoy podemos contener una bebida a alta presión, como son la mayor parte de los refrescos y cerveza, protegida perfectamente del exterior y de la luz, para aumentar su conservación en perfectas condiciones, en un recipiente que en su parte más fina tiene menos de cien milésimas de milímetro de espesor.

El segundo componente en esta ecuación de la sostenibilidad es evidentemente el reciclado. Aprovechar un producto usado, en el ámbito de los materiales metálicos no es ninguna novedad. Los metales son materiales permanentes: se pueden refundir para fabricar los mismos u otros productos de manera infinita. Para la humanidad, que aprendió a extraer los metales de la tierra hace miles de años, la edad del reciclaje coincide con la propia Edad de los Metales. Ésto, que es rigurosamente cierto en muchos de sus ámbitos de utilización, tardó algo más en ponerse en marcha en el ámbito de los productos de consumo simplemente por una razón histórica: los envases metálicos de bebidas llegaron al hogar hace relativamente poco, menos de cincuenta años.

En 2014 probablemente alcanzaremos el 90% de reciclado de las latas de bebidas en nuestro país. En ese campo del reciclado de envases doméstico se sigue librando hoy día una batalla inútil con algunas organizaciones ambientales, que no siempre persiguen el bien del planeta. Los ciudadanos han mejorado sus condiciones de vida por muchos motivos, y uno fundamental es por la mejora de las condiciones higiénicas tanto en el hogar como en los productos que llegan a él, especialmente para su alimentación.

Y las bebidas se han convertido en un elemento fundamental. Para tener en el hogar una variedad de productos (sean o no bebidas) también hay que tener una variedad de envases. Al igual que hace bastantes años la posibilidad de esterilizar productos y envasarlos asépticamente supuso un disminución radical de enfermedades, en el ámbito de las bebidas domésticas la posibilidad de tener muchas variedades y tipos sólo pudo ser realidad cuando se dispuso de modernos formatos para envases de bebidas.

Esa mayor variedad también lleva a tener menos cantidad de cada una. Cuando las bebidas consistían en agua, leche o vino, bastaba con tener unos grandes recipientes en una bodega y hervir la leche a conciencia cuando llegaba al hogar. Ahora, cuando se tienen en primer lugar menos habitantes (familias más pequeñas), menos ocasiones de compra (concentración de la compra en menos actos) y sobre todo mas posiibilidad de elección, aparece la importancia del envase individual. Por eso en casa podemos tener muchos tipos de bebidas, en envases que ocupan poco espacio y pesan poco, que se pueden almacenar y apilar en espacios reducidos y que al enfriarse rápido hace que no sea preciso conservarlas en frío hasta poco antes de su consumo.

Pronto volveremos a oír hablar de la necesidad de disminuir el consumo de productos envasados. Muchos de los que lo piden ignoran que en un producto envasado hasta el 90% del impacto ambiental puede residir en el contenido, y el resto en el envase. Disminuir los envases supone tener más ocasiones para tirar productos, algo que por otra parte los detractores de los envases tampoco están dispuestos a admitir.

Qué pedimos pare el resto de este 2014: buen juicio, rigor en la medida de los impactos ambientales de todo lo que consumimos, y continuar con el esfuerzo de desacoplar el consumo de materias primas del crecimiento económico, es decir, seguir por el buen camino.

La necesaria rebelión de la comunidad científica ante el avance de la pseudociencia

La pseudociencia, una amenaza para Europa

En esa modesta contribución pretendo hacer una llamada de atención clara y directa a los científicos sobre el peligro que está suponiendo actualmente el descontrolado avance de conceptos pseudocientíficos en todos los ámbitos de la Sociedad y muy especialmente en los relacionados con la salud. Sin más dilación, me gustaría leerles un fragmento de un documento:

El marco legal que se está elaborando se basa en una ignorancia prácticamente total de los bien conocidos y establecidos principios de la toxicología y farmacología, de los dictámenes difundidos por los expertos de la propia autoridad competente de la CE – la autoridad europea de seguridad alimentaria (EFSA) – los escritos razonados de carácter crítico enviados por los propios países miembro, y sin escuchar a los comités de expertos científicos de la Comisión Europea.

A la vista de una afirmación tan contundente, el lector no familiarizado con el tema podría deducir que se trata de frenar algún intento de poner barreras al comercio con una excusa sanitaria, pero esta frase pertenece a un editorial conjunto de la práctica totalidad de las revistas internacionales de toxicología [1], al que sigue una carta dirigida a Anne Glover, asesora científica principal del presidente de la CE, firmada por setenta y cinco de los más relevantes científicos de todo el mundo del ámbito de la toxicología. En él se alerta de la deriva que la Comisión Europea ha iniciado al abordar la reglamentación basada en que se puede dar por buena, sin verificar mediante el método científico, y de modo indiscriminado, la posible peligrosidad de sustancias conocidas como disruptores endocrinos. Sustancias que pueden tener o no efectos sobre el sistema endocrino, efectos que a su vez pueden o no ser perjudiciales, y que en cada caso hay que estudiar y verificar mediante el método científico conocido como análisis de riesgo. La OMS [2] tiene una extensa revisión sobre disruptores endocrinos.

Esta controversia tiene implicaciones en la sociedad, y enlaza con la tendencia de atribuir efectos nocivos a productos que se consumen hoy en día, bajo un paraguas mucho más amplio y variopinto denominado salud ambiental [3]. Aquí podemos encontrar fobias de moda, como la Quimiofobia o Antenofobia, y quizá una de las más peligrosas, por la virulencia con que ha entrado en el debate de la mano de las organizaciones ambientales más combativas, que me atrevo a bautizar con el nombre de Plasticofobia.

El traído y llevado principio de precaución

En el editorial citado se manejan dos conceptos clave: el principio de precaución y los efectos de bajas dosis. El principio de precaución respalda la adopción de medidas protectoras de la población antes de contar con una prueba científica completa de un riesgo [4]. En los estados modernos, la mayor parte de estas medidas están justificadas; son temporales y de la mínima duración posible; por ejemplo la restricción de la importación de un producto sobre el que haya dudas razonables de que pueda causar determinados daños. Hay que insistir en que haya dudas, no evidencia contrastada, en cuyo caso el principio no tiene sentido. La reciente crisis del pepino español en Alemania es un ejemplo de cómo no debe aplicarse el principio de precaución.

Cuando la sociedad acepta que pueden tomarse medidas restrictivas en ausencia de evidencia científica, uno de los leit motiv de los ecologistas, se empieza a caer en la opción del retraso y la inacción, frente al concepto abierto de futuro y de análisis de riesgo, como describe acertadamente Giddens en una de sus obras más recientes [5]

El efecto de bajas dosis es difícil de entender por un científico: admite que una sustancia de la que no haya constancia de que produzca efecto alguno por debajo de un umbral de concentración (por ejemplo el NOAEL –no adverse effect limit) sí lo pueda producir para valores muy por debajo de esos mismos límites. Un ejemplo: una substancia X que tiene un NOAEL de 5 mg de ingesta diaria por kg de peso corporal (parámetro de uso habitual en el ámbito de la seguridad alimentaria) no garantizaría que no hubiera efectos para, por ejemplo, niveles de NOAEL de 50 microgramos.

Esto choca frontalmente con el concepto intuitivo, atribuido a Paracelso (fig1) considerado el padre de la toxicología moderna: todas las sustancias son veneno: la dosis es lo que las convierte en veneno. El peligro que se crea es que, con ese planteamiento, se podría prohibir sin fundamento el uso de cualquier sustancia; de esta cuestión trata el editorial y la carta de los toxicólogos que me ha servido para arrancar estas líneas.

El concepto de bajas dosis, bien visto, es comparable a lo que ocurre en un campo donde la pseudociencia se ha abierto camino, al parecer de modo imparable: la homeopatía, basada en la suposición de que una sustancia diluída prácticamente hasta el infinito –es decir hasta que no queda una cantidad detectable de la sustancia original- no sólo pueda tener efecto curativo más allá del bien conocido efecto placebo, sino que ese efecto se deba a la conocida “memoria del agua” según la cual el agua recordaría la sustancia con la que ha estado en contacto. A pesar de la ausencia de evidencia curativa de los productos homeopáticos[6], hasta un 30% de la población española afirma utilizarlos. Siguiendo esta estela, y confundiendo a la población, se mueve y progresa una multiplicidad de terapias alternativas y medicinas complementarias cuya enumeración sería interminable.

El medio ambiente y la salud

Todo lo que nos rodea: la atmósfera que respiramos, el agua y los alimentos, tiene efectos sobre la salud. Pero muchos de los conceptos que se presentan como salud ambiental están basados en la pseudociencia. Lo que pretende hacer pasar por científico lo que está basado en la percepción y las emociones, y muy especialmente si la base es ideológica, suele caer más bien del lado pseudocientífico. Esto responde, con frecuencia, a motivaciones económicas.

Mantenernos vivos suele ser nuestra principal preocupación, por lo que es lógico que haya infinidad de negocios alrededor de la salud. Muchas oportunidades de negocio se basan en la credulidad de la gente, pero en este terreno es muy difícil moverse, por la trama que se ha creado alrededor del concepto salud. Algunos colegas llaman a esta credulidad sobre los métodos pseudocientíficos aplicados a la salud el amimevabien-ismo, la idea de que un determinado producto, principio o método va bien para alguna determinada aplicación o dolencia sin el menor sentido crítico en su análisis. Si sólo fuera eso no habría problema, ya que en general se trata de tratamientos o sustancias sin efecto alguno, pero cuando se mezcla el lucro se crean verdaderos riesgos incluso para la vida, si la credulidad sobre tratamientos pseudocientíficos lleva a abandonar tratamientos con base científica, como el tristemente famoso caso del bio bac que abrazaron enfermos de cáncer abandonando los tratamientos normales. Por eso es necesario pedir a la comunidad científica que se implique más a fondo en el debate de la pseudociencia.

Con una raíz parecida se produce la atribución sin fundamento de propiedades perniciosas a determinadas sustancias, lo lleva al uso de alegaciones “libre de” en el intento de confundir a los consumidores con posicionamientos pseudocientíficos.

En sí misma, “libre de” es una alegación engañosa, ya que se suele emplear en relación con sustancias o componentes que, o bien no están autorizados, por lo que la alegación es simplemente irrelevante (por ejemplo libre de CFCs, cuando los CFCs están prohibidos hace más de treinta años) o bien sobre sustancias autorizadas para la aplicación en cuestión, y por lo tanto sobre las que no existe evidencia de que su uso pueda acarrear algún riesgo. Una alegación no se debe utilizar como herramienta de marketing para intentar conseguir una ventaja competitiva, (productos sin gluten para los celíacos, por ejemplo) ya que parte de la población, por el hecho de que un producto se publicite como “exento de” encuentra el producto más atractivo.

Basar las virtudes de un producto en que no contiene un determinado ingrediente es un reconocimiento de debilidad, una especie de excusa para justificar por qué el producto tiene, por ejemplo, características peores que otro, autorizado, de resistencia, duración o cualquier otra característica. Un vistazo a cualquier documento oficial (por ejemplo las reglas de la FTC de Estados Unidos[7], que incluyen numerosos ejemplos prácticos) rápidamente pone en evidencia las prácticas diarias de publicidad engañosa basadas en alegaciones ambientales, que se podría trasladar a las alegaciones de salud frecuentemente entremezcladas con las anteriores.

Plasticofobia: viejos y nuevos enemigos

Me gustaría recordar una batalla ejemplificadora: la lucha contra el PVC hace unos veinte años, en la que la realidad ha desmentido la práctica totalidad de los argumentos de algunas organizaciones ambientales [8]. La campaña contra el PVC fue sin duda la más dura que los ecologistas han desarrollado contra un material de uso doméstico, y se produjo en un momento clave en el desarrollo de los envases de un sólo uso, otro de los mantras de los verdes para atacar al mundo civilizado. Bebiendo agua de una botella de PVC prácticamente estábamos firmando nuestra sentencia de muerte. En esos años se estaba desarrollando un nuevo material, el PET, que por razones comerciales e industriales fue sustituyendo gradualmente al PVC para aquella aplicación, con lo que la industria dejó de estar sometida a esos ataques, y los verdes se atribuyeron el éxito de la sustitución. Pero la realidad es que el PVC sigue siendo un material seguro, del que se producen en el mundo unos 30 millones de toneladas al año, de uso común en innumerables ramas de la industria, construcción, mobiliario, etc, con aplicaciones en medicina y alimentación tales como bandejas para productos frescos y láminas protectoras para carne u otros productos envasados, y organizaciones como Greenpeace, que suelen apostar por batallas mediáticas de mayor alcance para su supervivencia han dejado este tema apartado para que organizaciones menores se fogueen en su lucha contra el desarrollo reclamando productos “Libres de PVC” – por cierto , si el lector precisa en algún momento una transfusión, es probable que la sangre que le administren venga en una bolsa de PVC-.

La batalla, casi en los mismos términos, se ha trasladado a atacar al BPA. El bisfenol A es un componente de muchos plásticos, entre ellos los policarbonatos y las resinas epoxi. Los policarbonatos son posiblemente los plásticos más resistentes que se fabrican y las resinas epoxi se utilizan entre muchísimas aplicaciones para lacas protectoras en envases metálicos que están en contacto con alimentos y bebidas: son sustancias experimentadas, que se emplean en el medio billón ( 500000 millones) de latas de todo tipo que se consumen al año en el mundo, y que según algunas organizaciones – no digo el color, ya lo saben- nos estarían matando. Los tickets de venta comunes en todo tipo de establecimientos completarían la faena mortal de los otros productos al envenenarnos lentamente a través del contacto con la piel. Pero aún hay más: se han prohibido por precaución los biberones de policarbonato en que interviene el BPA, nuevamente sin llevar a cabo un análisis de riesgo científico. Esta obsesión por convencernos de que estamos siendo envenenados lentamente choca frontalmente con la incuestionable mejora general de la salud general de la población, que se puede medir de muchas maneras, aunque el mayor consenso científico, como indica el catedrático emérito de sociología de la UCM Benjamín García “la esperanza de vida sigue siendo, sin duda, uno de los indicadores que, de forma sintética, mejor describen la salud global de la población” se encuentra sin duda en la constatación de la mejora generalizada de la esperanza de vida al nacer. En España era de algo menos de cuarenta años a principio del siglo XX, y las medidas más recientes lo situaban en 2011 en casi 85 años para las mujeres y unos cinco años menos para los hombres [9].

¿Por qué serían tan peligrosos estos productos? me temo que tengo que volver al principio: resulta que serían disruptores endocrinos, lo que nos lleva de nuevo a la famosa carta de los editores de las revistas de toxicología. Para ir terminando me gustaría revisar brevemente cómo está la situación: hay dos grandes entidades mundiales que se ocupan de la seguridad alimentaria de los consumidores: EFSA y FDA [10] que a su vez tienen equivalentes nacionales en todos los países desarrollados. Su equivalente en España es AECOSAN [11]. Su labor es en todos los casos admirable y está basada, afortunadamente, en el conocimiento cientifico y la publicidad de sus actuaciones e informes.

Bajo la presión de los políticos, preocupados por lo que sale en prensa o, dicho de otra manera, por la “presión social” estas agencias han sido obligadas a estudiar el BPA en los últimos años, y cada dos o tres tienen que emitir una “opinión científica”. Francia incluso han aprobado una legislación para “eliminar el BPA” que, según va pasando el tiempo, se va convirtiendo en papel mojado por la evidencia de que no hay razón científica detrás de esa medida, y para sonrojo de los técnicos, la propia agencia francesa, equivalente a las que hemos mencionado, (ANSES), ha tenido que emitir un larguísimo informe con la esperanza de que nadie lo lea, que permita a las autoridades que la han impulsado a decir que se basan en informes científicos. Verdaderamente un papelón sin precedentes para los científicos implicados. En el momento de enviar esta artículo, EFSA se encuentra inmersa en un proceso de revisión y consulta de su enésima opinión científica sobre BPA[12], como si hubiera que revisar ad infinitum hasta que alguien consiga encontrar la prueba del delito.

Los motivos económicos, y la necesidad de volver a la senda de la ciencia

¿Por qué hemos tenido que terminar como al principio?: porque detrás de esta prohibición -que probablemente no se podrá llegar a materializar, como en los juicios-por falta de pruebas, están organizaciones pseudocientíficas: en este caso concreto una organización francesa y su equivalente español, una supuesta fundación que sin soporte científico pertenece a un curioso entramado de empresas pseudocientíficas, que también pretende la prohibición del wi-fi en las escuelas, vende artilugios para protegerse de las inexistentes radiaciones de las antenas de telefonía móvil – la citada Antenofobia- y ayuda a los que experimentan la conocida sensibilidad electromagnética, da cursos de alimentación natural y practica una curiosa medicina integrativa.

Nombres exóticos que se agrupan bajo el paraguas de sociedades limitadas que se crean y se disuelven, cuya actividad declarada es la importación y venta de aparatos de todo tipo, con conexiones con editoriales entre cuyos posicionamientos está la defensa – sí, a estas alturas- del tristemente famoso Bio Bac.

La única manera de frenar el avance descontrolado y destructivo de la pseudociencia es que la comunidad científica se tome en serio considerarla como el verdadero peligro que supone para la Sociedad, y actúe en todas las ocasiones en que sea posible para atajar su avance.

No sirve la simple ignorancia y el desprecio como si fueran inofensivas.

Los científicos deben destinar tiempo y esfuerzo a esta tarea. No se si les habré convencido.

Referencias

[1] Scientifically unfounded precaution drives European Commission’s recommendations on EDC regulation, while defying common sense, well-established science and risk assessment principles. Toxicology in Vitro 27 (2013) 2110–2114

[2] Global assessment of the state-of-the-science of endocrine disruptors. Informe WHO/PCS/EDC/02.2, 2002

[3] Daniel Goleman. Inteligencia Ecológica. Editorial Kairós, 2009 Cap.11: La Sopa Química

[4] Comunicación de la comisión COM(2000) 1 sobre el recurso al principio de precaución.

[5] A.Giddens, Turbulent and mighty continent, cap 5: Climate change and energy. Polity press, Cambridge 2014.

[6] V.J. Sanz. La Homeopatía: vaya timo., ed Laetoli (Madrid 2010)

[7] Guides for the Use of Environmental Marketing Claims. Federal Register, Vol. 77 No. 197 October 11, 2012

[8] Greenpeace: PVC: The Poison Plastic (2003)

[9] B. García. Informe España v2.0, Universidad Complutense de Madrid.2011

[10] EFSA es European Food Safety Authority (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) y FDA es Food and Drug Administration de Estados Unidos

[11] AECOSAN es Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición

[12] EFSA. Public consultation on the draft opinion on bisphenol A (BPA) – Assessment of human health risks. Marzo 2014   http://www.efsa.europa.eu/en/consultationsclosed/call/140117.pdf

¿ Cuánto alimento desperdiciamos cuando no desperdiciamos nada ?

Cada vez se habla más del desperdicio de alimentos, pero como siempre, la información es confusa. Hay un informe bastante reciente de FAO * que describe algunos de los parámetros más conocidos, así como los puntos donde se producen tanto pérdidas como desperdicio de alimentos (que son cosas distintas, por cierto) también hay conceptos como el de mermas, que no son ni pérdidas ni desperdicios. Lógicamente hay factores distintos según hablemos de países industrializados o en vías de desarrollo, y dentro de éstos a su vez hay factores y puntos distintos.

Así que aprovechando que se acaban las naranjas, por la llegada del verano, y empiezan los melones, por la misma razón, se me ha ocurrido pesar una de las últimas naranjas de la temporada, dejando para otro día pesar un melón. La verdad es que en ningún sitio he encontrado cuanto pesa lo que nos comemos y lo que no nos comemos de un producto, pero me parece que a la hora de valorar el desperdicio de alimentos debería ser un factor a tener en cuenta. Tal vez algún colega me saque los colores haciéndome ver que eso lo sabe todo el mundo, pero quizá algún amigo lector me agradezca que me haya tomado esa molestia.

Así que he elegido una buena naranja para postre, de las últimas que he encontrado que merezca la pena comer, y la he pesado: 270 gramos. Después la he pelado cuidadosamente, para pesar tanto la piel como esas pielecillas blancas que se quitan antes de hincarle el diente, y también las he pesado: 58 gramos. El 21.5% del peso original.

Si esa naranja se hubiera estropeado en la tienda (suponiendo que no se hubiera roto, perdido peso, se secara o algo así), habríamos tirado o “desperdiciado” 270 gramos; si nos la hemos comido, como he hecho yo, hemos tirado una parte no comestible que supone el 21% del peso original. Si la desperdiciamos en la tienda o se nos pierde al ir a casa perdemos 270 gramos, pero si nos la comemos, en lugar de cero, desperdiciamos 58 gramos. ¿ Dónde se apuntan esos gramos que se tiran pero no se desperdician ? Estén atentos, que en los próximos días haré la prueba con un melón.

*FAO. 2012. Pérdidas y desperdicio de alimentos en el mundo – Alcance, causas y prevención.  http://www.fao.org/docrep/016/i2697s/i2697s.pdf

Mirando al Norte con reverencia: una reflexión sobre la sopa de cifras de residuos de Eurostat

Para empezar, que nadie piense que tengo algo contra los países del Norte. Antes bien, como físico profeso una admiración profunda por los países que nos dieron a Bohr, Einstein o Planck, y en general por cualquier país avanzado en ciencia y tecnología. Hace unos días, de hecho, en el debate ente partidos y organizaciones ambientales con motivo de las próximas elecciones al Parlamento Europeo organizado por la asociación de periodistas de información ambiental, casi se me saltan las lágrimas, al oír a la representante de un partido reafirmar su oposición absoluta a la incineración de residuos, al recordar que Copenhague, una de mis ciudades favoritas, donde se incinera el 75% de los residuos, ha sido declarada la segunda ciudad más verde del mundo.

Una vez aclarado que no tengo nada contra nuestros vecinos -lejanos- del Norte, ya puedo entrar en materia.

La publicación hace pocas semanas de las estadísticas más recientes de Eurostat, y dos artículos recientes muy acertados, uno  de Carlos Martínez “Eurostat y el dilema de Pericles” y otro de Oscar Martín en la Vanguardia titulado “Cuando la letra pequeña sí es importante”   http://t.co/3oJLlTdkkh   empiezan a ayudar -salir del armario diría yo- a perder el pudor para denunciar la desfachatez con la que los países más avanzados en Europa siguen manteniendo su fachada verde, aplaudidos hasta con las orejas por ecologistas que nos los restriegan como ejemplo en cualquier asunto que tenga que ver con residuos, mientras, ignorando los enormes esfuerzos realizados durante un montón de años por países avanzados como el nuestro, eso sí del Sur, seguimos cargando injustificadamente con el sambenito de que sólo sabemos “usar y tirar”.

La cosa empieza a ser escandalosa, sobre todo porque refleja una desidia europea a la hora de conocer a fondo sus propios datos. ¿Cómo va la UE a desarrollar una política eficaz de residuos si no le preocupan ni la ausencia de protocolos de medida ni los errores de su propia información?

A esta consideración se añade algo todavía más grave: el desconocimiento técnico de cómo funcionan los flujos de materias primas secundarias, un mercado existente mucho antes incluso de que los más listos empezaran a hablar de reciclaje.

Por una parte tenemos a los últimos países en entrar en la UE, países del Este de Europa: según esos datos, allí el 100% de los residuos va a vertedero. Pero estos países poco a poco van acercándosenos, entre otras cosas, adoptando nuestros hábitos de consumo. Entre las materias primas más cercanas, las que se utilizan para los envases domésticos, hay muchos materiales valiosos, como algunos plásticos, el cartón o el metal, que sin duda se reciclan allí en una elevada proporción aunque no salgan en los papeles. Si hay algún lugar donde lo que vale dinero no va a la basura es en los países que adoptan hábitos modernos de consumo pero donde el nivel económico medio aún es inferior al nuestro.

En otros continentes han sido algo más listos que en el nuestro al echar las cuentas, me temo, y gracias a ello podemos saber que en Brasil, Mexico o India más del 95% de las latas de bebidas se reciclan por su valor económico sin necesidad de ningún sistema de gestión ni público ni privado. No conozco números del papel-cartón o de los plásticos de más valor, pero seguro que ocurre prácticamente lo mismo. ¿No sería esta simple reflexión suficiente para pedir que empecemos a contar qué es lo que verdaderamente ocurre con los residuos? O, dicho de otra manera ¿Que un material sea suficientemente valioso como para que se recicle espontáneamente no es argumento suficiente para que se contabilice su reciclado?

Por otra parte está Alemania, la luz de occidente en materia medioambiental. Según esa misma estadística, la cantidad de residuos que va a vertedero es cero. Si es necesario tómese unos minutos para que se le vuelva a encajar la mandíbula antes de seguir leyendo.

En Alemania se incineran casi veinte millones de toneladas de residuos municipales, unas diez veces más que en España. Ya sabemos que las incineradoras modernas son muy eficaces; por una parte prácticamente todo el metal que pasa por los hornos se recupera – por eso tienen una tasa de reciclado de envases de acero de casi el 95% (sólo el 0,3% de esos envases se recupera mediante sddr) y el alumino se va acercando con cerca del 80% (casi 1 de cada 10kg con sddr) y buena parte del residuo no metálico tiene aplicación como árido. Con un consumo de 16 millones de toneladas de materiales de envase, digo yo, algo habrá tenido que ir a vertedero. Según wasteconsult.de hay unos 7 millones de toneladas que van a vertedero actualmente en ese país, que por otra parte ha venido importando residuos (unos 7 millones de toneladas según la agencia federal de medio ambiente en 2012) muchas de ellas sin duda para reciclar, pero no pocas también con ese destino final.

Un repaso al modo de vida de los países avanzados muestra que no hay grandes diferencias en los hábitos de consumo. Alemania tiene el doble de habitantes que nosotros y consume el doble de materiales de envase. La distribución de ese consumo podrá ser distinta -menos envases de jamón serrano y más de salchichas, peor para ellos- pero las grandes cifras no varían mucho. Los alemanes podrán romper más o menos platos y vasos que nosotros, pero romperán platos y vasos. Podrán fumar más o menos, pero fuman, y sus cigarrillos también dejarán colillas. Podrán mascar más o menos chicle, pero sus chicles también dejan pegotes en las calles, y los papelillos del chicle o las patatas fritas -esos residuos de envase invisibles para los verdes- también volarán como aquí si el usuario no tiene suficiente cuidado. Ya sabemos que incineran diez veces más residuos, pero de verdad no va nada a vertedero? No cabe duda de que hay diferencia en cómo se mide el destino de los residuos. También es importante qué se recicla y qué se incinera en Europa. Por ejemplo en España reciclamos el plástico film, pero en otros países va directamente a valorización energética. ¿quién hace aquí el mayor esfuerzo? Hace menos de un año vi una planta “state of the art” en uno de los países avanzados del Norte, cuya fracción de un determinado material reciclado no sería aceptable en la peor de las plantas de separación españolas. ¿Se contabiliza igual el reciclado? ¿Se cuenta lo que se recoge, lo que se separa, lo que se reutiliza como materia prima?

El reciclado es una actividad económica, las materias primas recuperadas tienen unos precios bastante uniformes en función de la composición y tipo de material…..¿A cuánto se paga el material separado? ¿podríamos empezar por ahí?

Tal vez en lugar de machacarnos la cabeza con si somos o no capaces de cumplir los objetivos de reciclado 2020, deberíamos pedirles a los candidatos españoles que están a punto de incorporarse al Parlamento Europeo que trabajen también para conseguir que en toda Europa se mida y contabilice lo mismo en materia de residuos, con los mismos procedimientos, tanto de muestreo como de inspección y de medida, no vaya a ser que nos salgamos, y no precisamente por debajo.