37ºC y sin frigorífico

Así es como nos encontramos a la vuelta de vacaciones precisamente en los días más calurosos del año en Madrid. Después de un verano en el que hemos tenido la tentación de dudar del calentamiento global (uno de los veranos más frescos en según que partes del país), ha habido que montar un gabinete de crisis con soluciones más propias de una estancia en un camping remoto que en un hogar razonablemente modernizado, para afrontar esta breve canícula sin el elemento más apreciado: tenía que ser precisamente en lo peor del verano.

Por hacerlo corto diré que el problema ya está resuelto, pero como uno está cada vez más concienciado de las cuestiones ambientales, hemos optado por mirar con detenimiento la etiqueta energética y otras informaciones del nuevo producto, (sí, el antiguo, con menos de tres años, ya no estaba en garantía y no tenía reparación posible) ¿obsolescencia programada o mala suerte pura y dura?

Una vez instalado y funcionando uno de los mejores modelos del mercado – marca, modelo y calificación energética que no revelaré por aquello de la neutralidad- me he puesto a ordenar los papeles: guardar la factura, por aquello de la garantía, la llave que acompaña, por si se desnivela, tomar nota de qué hay que hacer para extender la garantía, a la vista de la experiencia, y, como hacemos habitualmente en España, lo último ha sido mirar las instrucciones.

Sin duda unas instrucciones muy bien redactadas, claras y que voy a guardar con diligencia. Una vez archivado el folleto de instrucciones, que pesa 80 gramos, sólo me faltaba un último gesto medioambiental. He llevado con la misma diligencia al contenedor azul los 480 gramos de papel que suponen los seis libros adicionales de instrucciones en idiomas tan lejanos como el finlandés o el japonés.

 

Veinte años no es nada: ante los nuevos y viejos retos medioambientales

Aprovechando que hoy va a jugar Argentina la final del campeonato del mundo de fútbol, se me ha ocurrido empezar con la letra de un tango:  volver. Veinte años después de la adopción de la directiva europea de envases y residuos de envases  (que yo prefiero llamar envases usados) será otro año de gran actividad en el ámbito medioambiental. Dentro de nada, nuevo Congreso Nacional de Medio Ambiente ¿Habrá un nuevo intento de introducir, por el procedimiento del calzador, el debate, ya superado, del SDDR?

Sin duda el reto más importante es la revisión de la directiva europea de envases citada, cuyas líneas maestras se han avanzado hace unos días. Es importante recordar que esta directiva en sus orígenes tuvo entre sus objetivos evitar que se utilizaran argumentos medioambientales para impedir el libre movimiento de mercancías en la UE.

Conceptos como economía circular, responsabilidad del productor, quien contamina paga, etc, vuelven a salir del armario, pero casi nadie ha reparado en que en estos más de veinte años no hemos sido capaces de responder a las preguntas básicas ¿quién contamina? ¿quien produce los residuos, los vertidos, etc?.

Así que, una vez más, será para unos el año del reciclado, y para otros la oportunidad de apretar algo más las tuercas a la industria y al comercio -y por tanto a los consumidores- alrededor del consumo de envases y embalajes en todos los ámbitos de la vida actual. Si volvemos la vista atrás, la mayor parte de los sectores industriales vinculados al sector productivo del envase y embalaje creemos que se ha hecho un gran trabajo en las direcciones que nos marcamos en su momento, pero muy especialmente en las que están más en manos de la industria y el comercio: reducir, recuperar y reciclar los envases que se destinan, sobre todo, al consumo doméstico.

¿Cómo medimos esa reducción y ese reciclado? El primero, básicamente por la reducción del uso de materias primas, es decir, la reducción del peso de los envases. Desde que se comenzaron a fabricar latas de bebidas en España, hace poco más de treinta años, su peso ha disminuido el 40%. No es fácil encontrar muchos productos de consumo comparables. Eso quiere decir que hoy podemos contener una bebida a alta presión, como son la mayor parte de los refrescos y cerveza, protegida perfectamente del exterior y de la luz, para aumentar su conservación en perfectas condiciones, en un recipiente que en su parte más fina tiene menos de cien milésimas de milímetro de espesor.

El segundo componente en esta ecuación de la sostenibilidad es evidentemente el reciclado. Aprovechar un producto usado, en el ámbito de los materiales metálicos no es ninguna novedad. Los metales son materiales permanentes: se pueden refundir para fabricar los mismos u otros productos de manera infinita. Para la humanidad, que aprendió a extraer los metales de la tierra hace miles de años, la edad del reciclaje coincide con la propia Edad de los Metales. Ésto, que es rigurosamente cierto en muchos de sus ámbitos de utilización, tardó algo más en ponerse en marcha en el ámbito de los productos de consumo simplemente por una razón histórica: los envases metálicos de bebidas llegaron al hogar hace relativamente poco, menos de cincuenta años.

En 2014 probablemente alcanzaremos el 90% de reciclado de las latas de bebidas en nuestro país. En ese campo del reciclado de envases doméstico se sigue librando hoy día una batalla inútil con algunas organizaciones ambientales, que no siempre persiguen el bien del planeta. Los ciudadanos han mejorado sus condiciones de vida por muchos motivos, y uno fundamental es por la mejora de las condiciones higiénicas tanto en el hogar como en los productos que llegan a él, especialmente para su alimentación.

Y las bebidas se han convertido en un elemento fundamental. Para tener en el hogar una variedad de productos (sean o no bebidas) también hay que tener una variedad de envases. Al igual que hace bastantes años la posibilidad de esterilizar productos y envasarlos asépticamente supuso un disminución radical de enfermedades, en el ámbito de las bebidas domésticas la posibilidad de tener muchas variedades y tipos sólo pudo ser realidad cuando se dispuso de modernos formatos para envases de bebidas.

Esa mayor variedad también lleva a tener menos cantidad de cada una. Cuando las bebidas consistían en agua, leche o vino, bastaba con tener unos grandes recipientes en una bodega y hervir la leche a conciencia cuando llegaba al hogar. Ahora, cuando se tienen en primer lugar menos habitantes (familias más pequeñas), menos ocasiones de compra (concentración de la compra en menos actos) y sobre todo mas posiibilidad de elección, aparece la importancia del envase individual. Por eso en casa podemos tener muchos tipos de bebidas, en envases que ocupan poco espacio y pesan poco, que se pueden almacenar y apilar en espacios reducidos y que al enfriarse rápido hace que no sea preciso conservarlas en frío hasta poco antes de su consumo.

Pronto volveremos a oír hablar de la necesidad de disminuir el consumo de productos envasados. Muchos de los que lo piden ignoran que en un producto envasado hasta el 90% del impacto ambiental puede residir en el contenido, y el resto en el envase. Disminuir los envases supone tener más ocasiones para tirar productos, algo que por otra parte los detractores de los envases tampoco están dispuestos a admitir.

Qué pedimos pare el resto de este 2014: buen juicio, rigor en la medida de los impactos ambientales de todo lo que consumimos, y continuar con el esfuerzo de desacoplar el consumo de materias primas del crecimiento económico, es decir, seguir por el buen camino.

La necesaria rebelión de la comunidad científica ante el avance de la pseudociencia

La pseudociencia, una amenaza para Europa

En esa modesta contribución pretendo hacer una llamada de atención clara y directa a los científicos sobre el peligro que está suponiendo actualmente el descontrolado avance de conceptos pseudocientíficos en todos los ámbitos de la Sociedad y muy especialmente en los relacionados con la salud. Sin más dilación, me gustaría leerles un fragmento de un documento:

El marco legal que se está elaborando se basa en una ignorancia prácticamente total de los bien conocidos y establecidos principios de la toxicología y farmacología, de los dictámenes difundidos por los expertos de la propia autoridad competente de la CE – la autoridad europea de seguridad alimentaria (EFSA) – los escritos razonados de carácter crítico enviados por los propios países miembro, y sin escuchar a los comités de expertos científicos de la Comisión Europea.

A la vista de una afirmación tan contundente, el lector no familiarizado con el tema podría deducir que se trata de frenar algún intento de poner barreras al comercio con una excusa sanitaria, pero esta frase pertenece a un editorial conjunto de la práctica totalidad de las revistas internacionales de toxicología [1], al que sigue una carta dirigida a Anne Glover, asesora científica principal del presidente de la CE, firmada por setenta y cinco de los más relevantes científicos de todo el mundo del ámbito de la toxicología. En él se alerta de la deriva que la Comisión Europea ha iniciado al abordar la reglamentación basada en que se puede dar por buena, sin verificar mediante el método científico, y de modo indiscriminado, la posible peligrosidad de sustancias conocidas como disruptores endocrinos. Sustancias que pueden tener o no efectos sobre el sistema endocrino, efectos que a su vez pueden o no ser perjudiciales, y que en cada caso hay que estudiar y verificar mediante el método científico conocido como análisis de riesgo. La OMS [2] tiene una extensa revisión sobre disruptores endocrinos.

Esta controversia tiene implicaciones en la sociedad, y enlaza con la tendencia de atribuir efectos nocivos a productos que se consumen hoy en día, bajo un paraguas mucho más amplio y variopinto denominado salud ambiental [3]. Aquí podemos encontrar fobias de moda, como la Quimiofobia o Antenofobia, y quizá una de las más peligrosas, por la virulencia con que ha entrado en el debate de la mano de las organizaciones ambientales más combativas, que me atrevo a bautizar con el nombre de Plasticofobia.

El traído y llevado principio de precaución

En el editorial citado se manejan dos conceptos clave: el principio de precaución y los efectos de bajas dosis. El principio de precaución respalda la adopción de medidas protectoras de la población antes de contar con una prueba científica completa de un riesgo [4]. En los estados modernos, la mayor parte de estas medidas están justificadas; son temporales y de la mínima duración posible; por ejemplo la restricción de la importación de un producto sobre el que haya dudas razonables de que pueda causar determinados daños. Hay que insistir en que haya dudas, no evidencia contrastada, en cuyo caso el principio no tiene sentido. La reciente crisis del pepino español en Alemania es un ejemplo de cómo no debe aplicarse el principio de precaución.

Cuando la sociedad acepta que pueden tomarse medidas restrictivas en ausencia de evidencia científica, uno de los leit motiv de los ecologistas, se empieza a caer en la opción del retraso y la inacción, frente al concepto abierto de futuro y de análisis de riesgo, como describe acertadamente Giddens en una de sus obras más recientes [5]

El efecto de bajas dosis es difícil de entender por un científico: admite que una sustancia de la que no haya constancia de que produzca efecto alguno por debajo de un umbral de concentración (por ejemplo el NOAEL -no adverse effect limit) sí lo pueda producir para valores muy por debajo de esos mismos límites. Un ejemplo: una substancia X que tiene un NOAEL de 5 mg de ingesta diaria por kg de peso corporal (parámetro de uso habitual en el ámbito de la seguridad alimentaria) no garantizaría que no hubiera efectos para, por ejemplo, niveles de NOAEL de 50 microgramos.

Esto choca frontalmente con el concepto intuitivo, atribuido a Paracelso (fig1) considerado el padre de la toxicología moderna: todas las sustancias son veneno: la dosis es lo que las convierte en veneno. El peligro que se crea es que, con ese planteamiento, se podría prohibir sin fundamento el uso de cualquier sustancia; de esta cuestión trata el editorial y la carta de los toxicólogos que me ha servido para arrancar estas líneas.

El concepto de bajas dosis, bien visto, es comparable a lo que ocurre en un campo donde la pseudociencia se ha abierto camino, al parecer de modo imparable: la homeopatía, basada en la suposición de que una sustancia diluída prácticamente hasta el infinito –es decir hasta que no queda una cantidad detectable de la sustancia original- no sólo pueda tener efecto curativo más allá del bien conocido efecto placebo, sino que ese efecto se deba a la conocida “memoria del agua” según la cual el agua recordaría la sustancia con la que ha estado en contacto. A pesar de la ausencia de evidencia curativa de los productos homeopáticos[6], hasta un 30% de la población española afirma utilizarlos. Siguiendo esta estela, y confundiendo a la población, se mueve y progresa una multiplicidad de terapias alternativas y medicinas complementarias cuya enumeración sería interminable.

El medio ambiente y la salud

Todo lo que nos rodea: la atmósfera que respiramos, el agua y los alimentos, tiene efectos sobre la salud. Pero muchos de los conceptos que se presentan como salud ambiental están basados en la pseudociencia. Lo que pretende hacer pasar por científico lo que está basado en la percepción y las emociones, y muy especialmente si la base es ideológica, suele caer más bien del lado pseudocientífico. Esto responde, con frecuencia, a motivaciones económicas.

Mantenernos vivos suele ser nuestra principal preocupación, por lo que es lógico que haya infinidad de negocios alrededor de la salud. Muchas oportunidades de negocio se basan en la credulidad de la gente, pero en este terreno es muy difícil moverse, por la trama que se ha creado alrededor del concepto salud. Algunos colegas llaman a esta credulidad sobre los métodos pseudocientíficos aplicados a la salud el amimevabien-ismo, la idea de que un determinado producto, principio o método va bien para alguna determinada aplicación o dolencia sin el menor sentido crítico en su análisis. Si sólo fuera eso no habría problema, ya que en general se trata de tratamientos o sustancias sin efecto alguno, pero cuando se mezcla el lucro se crean verdaderos riesgos incluso para la vida, si la credulidad sobre tratamientos pseudocientíficos lleva a abandonar tratamientos con base científica, como el tristemente famoso caso del bio bac que abrazaron enfermos de cáncer abandonando los tratamientos normales. Por eso es necesario pedir a la comunidad científica que se implique más a fondo en el debate de la pseudociencia.

Con una raíz parecida se produce la atribución sin fundamento de propiedades perniciosas a determinadas sustancias, lo lleva al uso de alegaciones “libre de” en el intento de confundir a los consumidores con posicionamientos pseudocientíficos.

En sí misma, “libre de” es una alegación engañosa, ya que se suele emplear en relación con sustancias o componentes que, o bien no están autorizados, por lo que la alegación es simplemente irrelevante (por ejemplo libre de CFCs, cuando los CFCs están prohibidos hace más de treinta años) o bien sobre sustancias autorizadas para la aplicación en cuestión, y por lo tanto sobre las que no existe evidencia de que su uso pueda acarrear algún riesgo. Una alegación no se debe utilizar como herramienta de marketing para intentar conseguir una ventaja competitiva, (productos sin gluten para los celíacos, por ejemplo) ya que parte de la población, por el hecho de que un producto se publicite como “exento de” encuentra el producto más atractivo.

Basar las virtudes de un producto en que no contiene un determinado ingrediente es un reconocimiento de debilidad, una especie de excusa para justificar por qué el producto tiene, por ejemplo, características peores que otro, autorizado, de resistencia, duración o cualquier otra característica. Un vistazo a cualquier documento oficial (por ejemplo las reglas de la FTC de Estados Unidos[7], que incluyen numerosos ejemplos prácticos) rápidamente pone en evidencia las prácticas diarias de publicidad engañosa basadas en alegaciones ambientales, que se podría trasladar a las alegaciones de salud frecuentemente entremezcladas con las anteriores.

Plasticofobia: viejos y nuevos enemigos

Me gustaría recordar una batalla ejemplificadora: la lucha contra el PVC hace unos veinte años, en la que la realidad ha desmentido la práctica totalidad de los argumentos de algunas organizaciones ambientales [8]. La campaña contra el PVC fue sin duda la más dura que los ecologistas han desarrollado contra un material de uso doméstico, y se produjo en un momento clave en el desarrollo de los envases de un sólo uso, otro de los mantras de los verdes para atacar al mundo civilizado. Bebiendo agua de una botella de PVC prácticamente estábamos firmando nuestra sentencia de muerte. En esos años se estaba desarrollando un nuevo material, el PET, que por razones comerciales e industriales fue sustituyendo gradualmente al PVC para aquella aplicación, con lo que la industria dejó de estar sometida a esos ataques, y los verdes se atribuyeron el éxito de la sustitución. Pero la realidad es que el PVC sigue siendo un material seguro, del que se producen en el mundo unos 30 millones de toneladas al año, de uso común en innumerables ramas de la industria, construcción, mobiliario, etc, con aplicaciones en medicina y alimentación tales como bandejas para productos frescos y láminas protectoras para carne u otros productos envasados, y organizaciones como Greenpeace, que suelen apostar por batallas mediáticas de mayor alcance para su supervivencia han dejado este tema apartado para que organizaciones menores se fogueen en su lucha contra el desarrollo reclamando productos “Libres de PVC” – por cierto , si el lector precisa en algún momento una transfusión, es probable que la sangre que le administren venga en una bolsa de PVC-.

La batalla, casi en los mismos términos, se ha trasladado a atacar al BPA. El bisfenol A es un componente de muchos plásticos, entre ellos los policarbonatos y las resinas epoxi. Los policarbonatos son posiblemente los plásticos más resistentes que se fabrican y las resinas epoxi se utilizan entre muchísimas aplicaciones para lacas protectoras en envases metálicos que están en contacto con alimentos y bebidas: son sustancias experimentadas, que se emplean en el medio billón ( 500000 millones) de latas de todo tipo que se consumen al año en el mundo, y que según algunas organizaciones – no digo el color, ya lo saben- nos estarían matando. Los tickets de venta comunes en todo tipo de establecimientos completarían la faena mortal de los otros productos al envenenarnos lentamente a través del contacto con la piel. Pero aún hay más: se han prohibido por precaución los biberones de policarbonato en que interviene el BPA, nuevamente sin llevar a cabo un análisis de riesgo científico. Esta obsesión por convencernos de que estamos siendo envenenados lentamente choca frontalmente con la incuestionable mejora general de la salud general de la población, que se puede medir de muchas maneras, aunque el mayor consenso científico, como indica el catedrático emérito de sociología de la UCM Benjamín García “la esperanza de vida sigue siendo, sin duda, uno de los indicadores que, de forma sintética, mejor describen la salud global de la población” se encuentra sin duda en la constatación de la mejora generalizada de la esperanza de vida al nacer. En España era de algo menos de cuarenta años a principio del siglo XX, y las medidas más recientes lo situaban en 2011 en casi 85 años para las mujeres y unos cinco años menos para los hombres [9].

¿Por qué serían tan peligrosos estos productos? me temo que tengo que volver al principio: resulta que serían disruptores endocrinos, lo que nos lleva de nuevo a la famosa carta de los editores de las revistas de toxicología. Para ir terminando me gustaría revisar brevemente cómo está la situación: hay dos grandes entidades mundiales que se ocupan de la seguridad alimentaria de los consumidores: EFSA y FDA [10] que a su vez tienen equivalentes nacionales en todos los países desarrollados. Su equivalente en España es AECOSAN [11]. Su labor es en todos los casos admirable y está basada, afortunadamente, en el conocimiento cientifico y la publicidad de sus actuaciones e informes.

Bajo la presión de los políticos, preocupados por lo que sale en prensa o, dicho de otra manera, por la “presión social” estas agencias han sido obligadas a estudiar el BPA en los últimos años, y cada dos o tres tienen que emitir una “opinión científica”. Francia incluso han aprobado una legislación para “eliminar el BPA” que, según va pasando el tiempo, se va convirtiendo en papel mojado por la evidencia de que no hay razón científica detrás de esa medida, y para sonrojo de los técnicos, la propia agencia francesa, equivalente a las que hemos mencionado, (ANSES), ha tenido que emitir un larguísimo informe con la esperanza de que nadie lo lea, que permita a las autoridades que la han impulsado a decir que se basan en informes científicos. Verdaderamente un papelón sin precedentes para los científicos implicados. En el momento de enviar esta artículo, EFSA se encuentra inmersa en un proceso de revisión y consulta de su enésima opinión científica sobre BPA[12], como si hubiera que revisar ad infinitum hasta que alguien consiga encontrar la prueba del delito.

Los motivos económicos, y la necesidad de volver a la senda de la ciencia

¿Por qué hemos tenido que terminar como al principio?: porque detrás de esta prohibición -que probablemente no se podrá llegar a materializar, como en los juicios-por falta de pruebas, están organizaciones pseudocientíficas: en este caso concreto una organización francesa y su equivalente español, una supuesta fundación que sin soporte científico pertenece a un curioso entramado de empresas pseudocientíficas, que también pretende la prohibición del wi-fi en las escuelas, vende artilugios para protegerse de las inexistentes radiaciones de las antenas de telefonía móvil – la citada Antenofobia- y ayuda a los que experimentan la conocida sensibilidad electromagnética, da cursos de alimentación natural y practica una curiosa medicina integrativa.

Nombres exóticos que se agrupan bajo el paraguas de sociedades limitadas que se crean y se disuelven, cuya actividad declarada es la importación y venta de aparatos de todo tipo, con conexiones con editoriales entre cuyos posicionamientos está la defensa – sí, a estas alturas- del tristemente famoso Bio Bac.

La única manera de frenar el avance descontrolado y destructivo de la pseudociencia es que la comunidad científica se tome en serio considerarla como el verdadero peligro que supone para la Sociedad, y actúe en todas las ocasiones en que sea posible para atajar su avance.

No sirve la simple ignorancia y el desprecio como si fueran inofensivas.

Los científicos deben destinar tiempo y esfuerzo a esta tarea. No se si les habré convencido.

Referencias

[1] Scientifically unfounded precaution drives European Commission’s recommendations on EDC regulation, while defying common sense, well-established science and risk assessment principles. Toxicology in Vitro 27 (2013) 2110–2114

[2] Global assessment of the state-of-the-science of endocrine disruptors. Informe WHO/PCS/EDC/02.2, 2002

[3] Daniel Goleman. Inteligencia Ecológica. Editorial Kairós, 2009 Cap.11: La Sopa Química

[4] Comunicación de la comisión COM(2000) 1 sobre el recurso al principio de precaución.

[5] A.Giddens, Turbulent and mighty continent, cap 5: Climate change and energy. Polity press, Cambridge 2014.

[6] V.J. Sanz. La Homeopatía: vaya timo., ed Laetoli (Madrid 2010)

[7] Guides for the Use of Environmental Marketing Claims. Federal Register, Vol. 77 No. 197 October 11, 2012

[8] Greenpeace: PVC: The Poison Plastic (2003)

[9] B. García. Informe España v2.0, Universidad Complutense de Madrid.2011

[10] EFSA es European Food Safety Authority (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) y FDA es Food and Drug Administration de Estados Unidos

[11] AECOSAN es Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición

[12] EFSA. Public consultation on the draft opinion on bisphenol A (BPA) – Assessment of human health risks. Marzo 2014   http://www.efsa.europa.eu/en/consultationsclosed/call/140117.pdf

¿ Cuánto alimento desperdiciamos cuando no desperdiciamos nada ?

Cada vez se habla más del desperdicio de alimentos, pero como siempre, la información es confusa. Hay un informe bastante reciente de FAO * que describe algunos de los parámetros más conocidos, así como los puntos donde se producen tanto pérdidas como desperdicio de alimentos (que son cosas distintas, por cierto) también hay conceptos como el de mermas, que no son ni pérdidas ni desperdicios. Lógicamente hay factores distintos según hablemos de países industrializados o en vías de desarrollo, y dentro de éstos a su vez hay factores y puntos distintos.

Así que aprovechando que se acaban las naranjas, por la llegada del verano, y empiezan los melones, por la misma razón, se me ha ocurrido pesar una de las últimas naranjas de la temporada, dejando para otro día pesar un melón. La verdad es que en ningún sitio he encontrado cuanto pesa lo que nos comemos y lo que no nos comemos de un producto, pero me parece que a la hora de valorar el desperdicio de alimentos debería ser un factor a tener en cuenta. Tal vez algún colega me saque los colores haciéndome ver que eso lo sabe todo el mundo, pero quizá algún amigo lector me agradezca que me haya tomado esa molestia.

Así que he elegido una buena naranja para postre, de las últimas que he encontrado que merezca la pena comer, y la he pesado: 270 gramos. Después la he pelado cuidadosamente, para pesar tanto la piel como esas pielecillas blancas que se quitan antes de hincarle el diente, y también las he pesado: 58 gramos. El 21.5% del peso original.

Si esa naranja se hubiera estropeado en la tienda (suponiendo que no se hubiera roto, perdido peso, se secara o algo así), habríamos tirado o “desperdiciado” 270 gramos; si nos la hemos comido, como he hecho yo, hemos tirado una parte no comestible que supone el 21% del peso original. Si la desperdiciamos en la tienda o se nos pierde al ir a casa perdemos 270 gramos, pero si nos la comemos, en lugar de cero, desperdiciamos 58 gramos. ¿ Dónde se apuntan esos gramos que se tiran pero no se desperdician ? Estén atentos, que en los próximos días haré la prueba con un melón.

*FAO. 2012. Pérdidas y desperdicio de alimentos en el mundo – Alcance, causas y prevención.  http://www.fao.org/docrep/016/i2697s/i2697s.pdf

Mirando al Norte con reverencia: una reflexión sobre la sopa de cifras de residuos de Eurostat

Para empezar, que nadie piense que tengo algo contra los países del Norte. Antes bien, como físico profeso una admiración profunda por los países que nos dieron a Bohr, Einstein o Planck, y en general por cualquier país avanzado en ciencia y tecnología. Hace unos días, de hecho, en el debate ente partidos y organizaciones ambientales con motivo de las próximas elecciones al Parlamento Europeo organizado por la asociación de periodistas de información ambiental, casi se me saltan las lágrimas, al oír a la representante de un partido reafirmar su oposición absoluta a la incineración de residuos, al recordar que Copenhague, una de mis ciudades favoritas, donde se incinera el 75% de los residuos, ha sido declarada la segunda ciudad más verde del mundo.

Una vez aclarado que no tengo nada contra nuestros vecinos -lejanos- del Norte, ya puedo entrar en materia.

La publicación hace pocas semanas de las estadísticas más recientes de Eurostat, y dos artículos recientes muy acertados, uno  de Carlos Martínez “Eurostat y el dilema de Pericles” y otro de Oscar Martín en la Vanguardia titulado “Cuando la letra pequeña sí es importante”   http://t.co/3oJLlTdkkh   empiezan a ayudar -salir del armario diría yo- a perder el pudor para denunciar la desfachatez con la que los países más avanzados en Europa siguen manteniendo su fachada verde, aplaudidos hasta con las orejas por ecologistas que nos los restriegan como ejemplo en cualquier asunto que tenga que ver con residuos, mientras, ignorando los enormes esfuerzos realizados durante un montón de años por países avanzados como el nuestro, eso sí del Sur, seguimos cargando injustificadamente con el sambenito de que sólo sabemos “usar y tirar”.

La cosa empieza a ser escandalosa, sobre todo porque refleja una desidia europea a la hora de conocer a fondo sus propios datos. ¿Cómo va la UE a desarrollar una política eficaz de residuos si no le preocupan ni la ausencia de protocolos de medida ni los errores de su propia información?

A esta consideración se añade algo todavía más grave: el desconocimiento técnico de cómo funcionan los flujos de materias primas secundarias, un mercado existente mucho antes incluso de que los más listos empezaran a hablar de reciclaje.

Por una parte tenemos a los últimos países en entrar en la UE, países del Este de Europa: según esos datos, allí el 100% de los residuos va a vertedero. Pero estos países poco a poco van acercándosenos, entre otras cosas, adoptando nuestros hábitos de consumo. Entre las materias primas más cercanas, las que se utilizan para los envases domésticos, hay muchos materiales valiosos, como algunos plásticos, el cartón o el metal, que sin duda se reciclan allí en una elevada proporción aunque no salgan en los papeles. Si hay algún lugar donde lo que vale dinero no va a la basura es en los países que adoptan hábitos modernos de consumo pero donde el nivel económico medio aún es inferior al nuestro.

En otros continentes han sido algo más listos que en el nuestro al echar las cuentas, me temo, y gracias a ello podemos saber que en Brasil, Mexico o India más del 95% de las latas de bebidas se reciclan por su valor económico sin necesidad de ningún sistema de gestión ni público ni privado. No conozco números del papel-cartón o de los plásticos de más valor, pero seguro que ocurre prácticamente lo mismo. ¿No sería esta simple reflexión suficiente para pedir que empecemos a contar qué es lo que verdaderamente ocurre con los residuos? O, dicho de otra manera ¿Que un material sea suficientemente valioso como para que se recicle espontáneamente no es argumento suficiente para que se contabilice su reciclado?

Por otra parte está Alemania, la luz de occidente en materia medioambiental. Según esa misma estadística, la cantidad de residuos que va a vertedero es cero. Si es necesario tómese unos minutos para que se le vuelva a encajar la mandíbula antes de seguir leyendo.

En Alemania se incineran casi veinte millones de toneladas de residuos municipales, unas diez veces más que en España. Ya sabemos que las incineradoras modernas son muy eficaces; por una parte prácticamente todo el metal que pasa por los hornos se recupera – por eso tienen una tasa de reciclado de envases de acero de casi el 95% (sólo el 0,3% de esos envases se recupera mediante sddr) y el alumino se va acercando con cerca del 80% (casi 1 de cada 10kg con sddr) y buena parte del residuo no metálico tiene aplicación como árido. Con un consumo de 16 millones de toneladas de materiales de envase, digo yo, algo habrá tenido que ir a vertedero. Según wasteconsult.de hay unos 7 millones de toneladas que van a vertedero actualmente en ese país, que por otra parte ha venido importando residuos (unos 7 millones de toneladas según la agencia federal de medio ambiente en 2012) muchas de ellas sin duda para reciclar, pero no pocas también con ese destino final.

Un repaso al modo de vida de los países avanzados muestra que no hay grandes diferencias en los hábitos de consumo. Alemania tiene el doble de habitantes que nosotros y consume el doble de materiales de envase. La distribución de ese consumo podrá ser distinta -menos envases de jamón serrano y más de salchichas, peor para ellos- pero las grandes cifras no varían mucho. Los alemanes podrán romper más o menos platos y vasos que nosotros, pero romperán platos y vasos. Podrán fumar más o menos, pero fuman, y sus cigarrillos también dejarán colillas. Podrán mascar más o menos chicle, pero sus chicles también dejan pegotes en las calles, y los papelillos del chicle o las patatas fritas -esos residuos de envase invisibles para los verdes- también volarán como aquí si el usuario no tiene suficiente cuidado. Ya sabemos que incineran diez veces más residuos, pero de verdad no va nada a vertedero? No cabe duda de que hay diferencia en cómo se mide el destino de los residuos. También es importante qué se recicla y qué se incinera en Europa. Por ejemplo en España reciclamos el plástico film, pero en otros países va directamente a valorización energética. ¿quién hace aquí el mayor esfuerzo? Hace menos de un año vi una planta “state of the art” en uno de los países avanzados del Norte, cuya fracción de un determinado material reciclado no sería aceptable en la peor de las plantas de separación españolas. ¿Se contabiliza igual el reciclado? ¿Se cuenta lo que se recoge, lo que se separa, lo que se reutiliza como materia prima?

El reciclado es una actividad económica, las materias primas recuperadas tienen unos precios bastante uniformes en función de la composición y tipo de material…..¿A cuánto se paga el material separado? ¿podríamos empezar por ahí?

Tal vez en lugar de machacarnos la cabeza con si somos o no capaces de cumplir los objetivos de reciclado 2020, deberíamos pedirles a los candidatos españoles que están a punto de incorporarse al Parlamento Europeo que trabajen también para conseguir que en toda Europa se mida y contabilice lo mismo en materia de residuos, con los mismos procedimientos, tanto de muestreo como de inspección y de medida, no vaya a ser que nos salgamos, y no precisamente por debajo.

El color de la pseudociencia: del verde azulado al azul verdoso, y viceversa

Mis contados lectores – amigos la mayoría –  saben cómo me gusta jugar con los títulos, así que explicaré por qué puse éste para mi charla informal con amigos y colegas en Escépticos en el Pub de Madrid el pasado 29 de marzo. EEEP Madrid, como se nos conoce, no es otra cosa que una reflexión sobre ciencia y pseudociencia y su influencia en la Sociedad. Mi percepción de la relación entre ecologismo y pseudociencia no es nueva, como también el hecho de que cada vez más las cuestiones de salud se mezclan con las de medio ambiente en esa especie de cóctel pseudocientífico que se viene llamando salud ambiental. De ahí que, si verde es el color que se relaciona con las cuestiones ambientales y azul del equivalente en las de salud la elección fuera obvia.

Me pareció interesante llamar la atención sobre la distancia que separa las reclamaciones persistentes de los ecologistas más intransigentes, por ejemplo (aquí el lector puede llenar este espacio ………………………………..  con el nombre de su organización preferida) que afirman que nos estamos envenenando poco a poco (interesante aquí es el uso de la palabra “químico” que para los de ciencias siempre ha sido un señor que ha estudiado química, y ahora resulta que es un producto químico) de la realidad actual según la cual la salud de los ciudadanos en los países avanzados no deja de mejorar en promedio, tal como muestran los datos incuestionables de la esperanza de vida al nacer. Baste recordar que dicha cifra en España era de algo menos de cuarenta años a principio del siglo XX, mientras ahora es más del doble.

En ese contexto me atreví a comparar la situación de hace unos veinte años -cuando se le achacaban al PVC todos los males posibles; por ejemplo, la multinacional del ecologismo lo llamó “the poison plastic”- con la actual, en la que sigue siendo uno de los materiales modernos más versátiles. Ese material venenoso, entre otras aplicaciones, es probable que sea el que contenga la sangre que le alimenten si su cuerpo precisa una transfusión, por citar sólo una de sus innumerables aplicaciones en el campo médico.

La ausencia de memoria es la que hace que veinte años más tarde  se dediquen con el mismo ahínco a intentar prohibir otro material versátil y ampliamente utilizado, el bisfenol A (BPA), precursor de resinas epoxi, policarbonatos, y componente de los tickets de supermercado, parking, etc, a así como recibos de todo tipo que manoseamos a diario y que también nos estaría envenenando a través de la piel, pero con la novedad de que ahora encuentran una cierta complicidad en la Comunidad Europea, que, sin encomendarse a nadie, pretende aprobar una legislación sobre disruptores endocrinos que, aludiendo al principio de precaución, echaría por tierra buena pare del conocimiento científico al permitir que la suposición de unos ciertos efectos sirva par restringir el uso de algunos materiales.

¿Qué les parece la idea  “por si un producto es perjudicial se restringe su uso, a no ser que se demuestre su ausencia de efectos”? Seguro que, si usted se dedica al márketing, empieza a verle una utilidad manifiesta para frenar a sus competidores.

Hasta ahora lo que había que demostrar era la culpabilidad, no la inocencia. Es como si quisiéramos demostrar que una sustancia no contiene nada de un determinado elemento, por ejemplo X. Pero, hasta ahora, según nos enseñaron en la universidad, sólo se podía demostrar que un elemento X se encuentra por debajo del límite de detección de un determinado método analítico, no que se encuentre en cantidad cero.

Pues esta deriva no parece tener fin. Hace un par de años Francia aprobó una ley, que no ha conseguido todavía poner en marcha, para prohibir el BPA en cualquier producto en contacto con alimentos, precisamente basada en esas suposiciones, y argumentada con un largo informe -sin apenas valor científico- de su curiosa agencia de seguridad alimentaria ANSES, claramente un punto fuera de la gráfica en Europa. En los próximos días la Agencia Europea correspondiente, EFSA, iniciará el debate sobre este asuntos la vista de los resultados de los quinientos trabajos científicos más recientes de toxicólogos de todo el mundo que hasta el momento no han conseguido establecer esa peligrosa relación.

Ésta es una manifestación más del fenómeno denominado Quimiofobia: miedo irracional a la química. A este tema, y lo esperamos con interés, está dedicada la próxima entrega de Escépticos en el Pub, esta vez en Galicia, a cargo de Déborah Gracía Bello.

Así que una vez esbozada la parte del azul verdoso del último Eeep Madrid, en una próxima entrega recordaremos de qué va el verde azulado. Si el lector se aburre y tiene buen oído (las grabaciones amateur es lo que tienen) puede ver aquí la sesión : https://www.youtube.com/playlist?list=PL0nQGyONImnvHefImPpgOKEoATHgpW_r5

A vueltas con el etiquetado verde (una vez más)

Mal empezamos. La Comisión Europea cree que en un plazo razonable podríamos estar en condiciones de poner una etiqueta para definir qué productos son o no son “verdes”. Por otra parte no ha sido capaz de definir qué condiciones tiene que cumplir un producto para ser considerado “verde”. Para ser más correctos, pretende dar pasos hacia la creación del mercado único de los productos ecológicos, tipo de productos que no ha sido capaz tampoco de definir, dejándolo en un ambiguo equivalente de “productos eficientes con los recursos”.

En esa línea, la CE entiende que uno de los caminos es recurrir al análisis del ciclo de vida de producto (ACV). Como muchos sabrán, la metodología del análisis de ciclo de vida es una poderosa herramienta para conocer el balance de recursos y energía de un producto cuando se conocen bien a fondo sus procesos de producción, y sobre todo es una herramienta muy potente para comparar, para un determinado producto o servicio, distintas rutas de fabricación o uso y elegir, en igualdad del resto de condiciones, la más eficaz en el uso de los recursos y la energía.

La mayor limitación de esta metodología estriba en el establecimiento de las condiciones de contorno. Dicho de otra manera, podremos medir con bastante precisión el balance desde que unas materias primas, componentes y energía entran en nuestra fábrica hasta que salen los productos, residuos y emisiones, pero si pretendemos ir más allá empezamos a tenerlo crudo. Incluso para un mismo producto pero fabricado en dos fábricas distintas, como es el caso frecuente de que una misma compañía fabrique en dos países alejados, las comparaciones se empiezan a complicar. Por ejemplo, la energía en un país puede ser de origen térmico y en otro de origen hidráulico, y el ACV del producto, aunque el resto de variables sea exactamente igual, nos dará un valor distinto. En ese caso, para el mismo producto de la misma compañía ¿tendríamos que ponerle una etiqueta distinta según que fuera producido, por ejemplo, en España o en Finlandia? A su vez esa etiqueta tendría que ser distinta si el producto se fabricara en España y se consumiera en Portugal, que si se fabricaren Francia y se consumiera en Turquía, y así sucesivamente.

Así que, si tenemos esta limitación cuando hablamos de un solo producto, no es difícil imaginar la dificultad que supondría comparar productos distintos de distintos fabricantes. En realidad, más que imaginarlo sólo hay que ver lo que ha ocurrido al tratar de definir un protocolo para determinar la valoración ambiental – huella ambiental de producto – nada menos que de alimentos y bebidas.

En la elección de un producto de este tipo intervienen innumerables variables, muchas de ellas además independientes del producto en cuestión. Si el lector vive solo, preferirá elegir productos de tamaño individual, donde la proporción de producto a envase será más baja que en un envase familiar, pero si elige un envase familiar basado en la relación producto-envase lo más probable es que tenga que desperdiciar parte del contenido, en cuyo caso pesará más la huella ambiental de lo no consumido que la relación producto-envase.

Así que con esta breve introducción al problema me gustaría preguntarle ¿qué producto cree usted que es más verde? ¿Qué etiqueta le parece que le pongamos?

Por eso no es de extrañar que a la iniciativa PEF (product environmental footprint) le espere un camino con unos cuantos obstáculos.

¿ Prevenir residuos o dirigir el consumo de los ciudadanos ?

Hace unos días finalizó el plazo de consultas abierto por la Agencia de Residuos de Cataluña para el nuevo proyecto de plan de prevención de residuos de Cataluña, Precat 20. Entre las medidas más importantes que todos los países están adoptando, sin duda una de las principales es reducir la cantidad de residuos que acaban en vertedero. Con una gestión adecuada es posible reducir espectacularmente la cantidad de residuos que tienen este destino final, pero no siempre lo que se cuenta o cómo se cuenta corresponde a la realidad. Uno de los conceptos de moda es el de “vertido cero” o, más comúnmente, usando la expresión en inglés, Zero Waste.

De hecho, bajo este nombre se suelen englobar buena parte de las medidas teóricas que suelen proponer muchos grupos ecologistas, cuyo fin último es, más que prevenir la cantidad de residuos, prevenir la libertad de los consumidores de elegir tanto el tipo de productos que compran como dónde, cuánto y cómo los compran.

Uno de los recursos de algunos grupos es poner como ejemplo a los países más avanzados en Europa, entendiendo por tal a Alemania y los países nórdicos. En España, además, se ha atacado fuertemente la incineración de residuos, que incluye el aprovechamiento de algunos residuos, sobre todo plásticos, como energía.

El problema es que ambos posicionamientos son contradictorios. Como ejemplo, Dinamarca es el país europeo donde los ciudadanos producen más residuos municipales, más o menos un veinte por ciento mas que en España, y donde más residuos se incineran (60% aproximadamente); de hecho por ley no se puede tirar a vertedero…… cualquier residuo que se puede incinerar. Alemania incinera diez veces más residuos que España, para una población aproximadamente el doble de la española. También importa algunos residuos de otros países que luego van a vertedero.

Entonces ¿ qué pasa con los países que dicen tener vertido cero ? muy sencillo: se recicla y/o incinera todo lo que se puede, y lo que no, se exporta.

Pero aquí vamos por otro camino. Volviendo al plan de prevención con el que empecé esta entrada, aquí están algunas de las medidas estrella que se están considerando:

- Comprar a granel: así se evitarán los envases.

¿ Alguien ha comprado la cerveza o la leche a granel últimamente? No es eso, por ejemplo las legumbres, nos dicen. Pero las legumbres – los garbanzos, por ejemplo – son productos secos que no se estropean y se compran en una bolsita de papel igual a la que nos darían si se compraran a granel, pero que trae además la información del productor, quien se responsabiliza de la calidad, que permite saber el camino que ha seguido el producto hasta nuestro puchero. Igual pasa con el azúcar o la harina. De hecho el productor ya suele utilizar el mínimo envase que garantiza la calidad y la trazabilidad del producto, entre otras razones porque envasar cuesta dinero. La carne, podemos comprarla a granel o envasada, según nos resulte más cómodo. Los legisladores nos quieren ordenar cómo es más cómodo. El papel que nos ponen cuando nos cortan la carne no tiene las mismas garantías que una bandeja aséptica, que hasta puede ser un envase inteligente que prolongue la vida del filete y evite que haya que tirarlo antes de tiempo; esa bandeja, incluso podría ser biodegradable. Ese envoltorio de papel luego se mete en una bolsa de plástico, y el conjunto  es posible que pese más. Las patatas, si las compráramos a granel tendrían que ponernos una bolsa que pesaría más que la típica rejilla, que además permite que se airee el producto.

- Otra medida estrella para la reducción de residuos es potenciar el trueque:

Dame lo que te sobre, yo haré lo mismo y así ahorramos residuos. Desgraciadamente debido a la crisis económica ya hay muchos que han tenido que recurrir al trueque.

- Suprimir las bolsas de plástico en las tiendas.

Muy importante. Lamentablemente hace algunos años que ya está resuelto, desde que nos pusimos de acuerdo en que se pagara una pequeña cantidad, con lo que el consumo se ajustó solo. Muchas personas mayores que consumían poco usaban las bolsas gratuitas de los supermercados como bolsas de basura. ¿El resultado? ha crecido la venta de bolsas de basura.

- Fomentar el consumo de agua del grifo en lugar de envasada.

Importante también, lástima que la propuesta venga del área mediterránea, donde mucha gente consume agua envasada porque según en qué sitios la del grifo sabe a rayos y centellas.

- Potenciar los tamaños grandes.

También es interesante. pero el desperdicio de un producto que se estropea porque se ha abierto un envase más grande de lo que necesita el consumidor genera una huella ambiental mayor que si se utiliza un tamaño más pequeño, se recicla el envase y no se desperdicia producto.

En fin, ¿sería mucho pedir que las autoridades encarezcan el vertido y dejen a los comerciante que ofrezcan y a los ciudadanos que decidan lo que quieren consumir, en qué forma, en qué tamaño y cuándo?

¿Qué Mal Puede Hacer?

Se acaba de poner en marcha una nueva web de divulgación,  que aborda el problema creado por las llamadas medicinas o terapias alternativas, generalmente basadas en la pseudociencia, especialmente cuando determinados pacientes optan por ellas abandonando los tratamientos médicos convencionales basados en la medicina científica. Sin duda un tema muy controvertido, como todo lo que afecta a la salud.

Sus objetivos son, ante todo, sacar a la luz y plasmar aquellos casos en los que, por error, falta de información, desesperación, engaño, etc., algunas personas recurren en asuntos de salud a las pseudociencias, manías, supersticiones, creencias, sectas y otros, y sus consecuencias, económicas, médicas y de salud. Así, pretende facilitar una información que pueda evitar sus daños y perjuicios, incluyendo la elaboración de una base de datos de fácil consulta, y en resumen, concienciar al público de que la ciencia es lo que nos hace avanzar.

Al dar la bienvenida a esta herramienta que estará disponible para el público en general, y sin querer entrar en las innumerables controversias que acompañan a cualquier procedimiento “alternativo”, me gustaría recordar que el problema de los comportamientos psudocientíficos en temas de salud no sólo tiene un alcance insospechado en la sociedad actual, sino que en muchas ocasiones el análisis se queda limitado precisamente a lo que da título a la página ¿Qué mal puede hacer? sin tener en cuenta que más allá del posible efecto placebo, que en el mejor de los casos suelen tener los remedios pseudocientíficos, hay un enorme riesgo, en los casos realmente serios, cuando se sustituye un tratamiento probado por un “no tratamiento”. El éxito de esta iniciativa, sin duda estará ligado a una buena documentación de los casos expuestos, tal como se viene haciendo en el sitio de cuyo origen parte, whatstheharm.net.

La dirección de este nuevo sitio es http://www.quemalpuedehacer.es

Closed loop recycling. It depends, it all depends…

En español: Reciclado en ciclo cerrado: depende, todo depende

A few weeks ago I listened to a presentation by the secretary general of the european glass packaging manufacturers association, in Barcelona, in the course of an internationaI waste prevention seminar organized by the Catalunya Waste  Agency. I was particularly interested in her strong defense of closed loop recycling. That is, manufacturing a product with the material recovered from a used product of the same type.

This is a very technical debate and, as is common in the environmental arena, one where those who speak loud are frequently those who don’t know what they’re talking about.

So what? Could my reduced reasdership  tell me, but I hope to give them some reasons to continue reading. Some time ago, in this same blog I wrote about resources, materials and recycled content; some colleagues from around Europe told me it made sense (that’s why I have an english version) but did not write yet about closed loop recycling.

This entry is due to the fact that, as is commonly the case in modern discussions, some environmental organization representatives try to explain to physiscists, chemists and engineers what and how should be recycled, what is and is not good in the recycling field. The reader can imagine what would happen if, taking into account how they take part in the previous debate, the debate were about recycling or energy recovery. Actually you don’t have to imagine: just read the newspapers.

This pseudo-technical injerence, by the way, does not only happen in this field, but about other fields we leave the discussion for another day. They tell us that the important thing is closed loop recycling, but not always. Only in some cases. What a mess! Let me try to redirect this discussion to the original title. For that purpose I’ll use a few examples with which I am more or less familiar.

A product can be manufactured from the same used product, but only in some cases and under some conditions. That is a technical question, but to follow this first let me remind you that the word we commonly use to define a material is in most cases a generic name, and not a specific material for a specific use.

As an example, when we say aluminium can or aluminium foil we are talking about different materials with different compositions and properties, for different applications as well, even if the common base is aluminium. The same takes place when we speak about a plastic bag or a plastic tray. A plastic tray can be as different from a supermarket plastic bag as a white sheet of writing paper from a cardboard box of wine bottles or the glass of those wine bottles from the glass in a smartphone.

These features have nothing to do with the environment. They belong to a very well developed scientifc discipline called  Materials Science and Engineering. And recycling is also, above all, a technical activity which has to be developed by engineers, chemists and physicists as well as many other professions, in the same fashion than for other real life activities.

Some twenty years ago it was fashionable to write on recycled paper. I myself used to do it. There are still today people who write on horribly grey recycled paper. To show a modern corporate image I spent a fortune to buy a fantastic british recycled bond paper, until I found out that it was far less environmentally friendly than virgin fibre normal writing paper. Some years after that I read that the british Mirror newspaper had carried out a carbon footprint study and found that the environmental impact of paper recycled in Britain was about twice that of 50% recycled- 50% virgin paper produced in Sweden. But at the same time you may find that in some countries most newspapers are printed on recycled paper because it is more efficient. Once more, technical questions for the experts.

The paper industry is above all a recycling industry: most carboard used toady is made from recycled paper and paper is probably the most recycled material around the world taking into account all its appplications. What can we learn from this short story? That industry has developed the technology to make the best and possible use of used paper, in the most efficient and sustainable way, and uses its resources in the best posible way. A good lesson for those who want to teach us sustainability.

A completely different example is glass packaging, which is the example that gave rise to this post. The best possible application for a used glass bottle is to make another identical glass bottle or flask. The reason is that otherwise that crushed glass might have to be used to fill a road base. If we wanted to make TV screens with used glass bottles we would never succeed, because it is not technically possible. In this case, closed loop recycling is by far the best possible solution. That’s why the glass manufacturers promote heavily this as the most sustainable outcome.

To end this post let me say a few words about beverage cans. They can be manufactured from steel or aluminium. Everybody understands that if we wanted to make an aluminium beer can with a used steel beer can or viceversa it would be stupid (industrially impossible, to be precise) even if it were the same product for the same use. I hope no one doubts that.

To make it short I won’t speak of the two metals. I’ll stick with aluminum. With used aluminium beverage cans we can make new aluminium beverage cans. Is this the best option? Cominig back to the title of this post I’ll say, it depends, it all depends. I’ll clarify this. To make new aluminum cans out of used aluminium cans we need a lot of them, sometimes more cans than those which are consumed in a small country. The reason is that the plant to do this, for industrial reasons, has to be of large scale (an efficient plant needs to produce several thousand tons a year). That’ s why only a few plants in Europe do that. But with used aluminium beverage cans we can manufacture, with the necessary composition adjustments, other products such as engine pistons or window blinds.

These are manufactures which require considerably smaller amounts of metal,  because they are different processes for diferente productions. But the energy saved by recycling the aluminium can will be the same independently of what is the next aluminium product. What does it mean? In a country where the consumption of aluminium cans is not too large, casting cylinder pistons or extruding window frames can be more advisable from the industrial point of view. Closed loop recycling is a standard operation, but there are other uses which can be more profitable or even more sustainable.

I hope no reader could think that manufacturing pistons for a Moto GP world cup motorcycle, as an example, is a less honorable process that manufacturing another beer can.

Unless an environmentalist does take it as a personal offence and demands that by law, you compulsorily have to manufacture the same product as before, in a closed loop recycling. That’s what is now called circular economy. That’s the fashionable term with the greens.